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La ola de frío


   Ayer por la mañana, viajando bajo un sol radiante, regalo impagable en estos días de ‘históricas’ nevadas norteñas (la nieve es preciosa: para verla por televisión, y para los aficionados al esquí, claro), es difícil hacerse a la idea de que estamos inmersos en una bolsa de frío escandinavo. Sin embargo, al llegar a Badajoz, compruebo que tiene razón el termómetro del coche. Hace mucho frío. Cómo no va a hacerlo, si Badajoz está casi a la misma latitud que Lisboa, y hasta dicha ciudad llegaron los glaciares hace cuatro días, unos veinte mil años de nada, que lo cuenta un sabio de la cosa, Juan Luis Arsuaga, “El collar del neandertal”, magnífica obra, repleta de ciencia. Pero hablando del clima, dice cosas aún más impresionantes: “los mamuts que aparecen de cuando en cuando congelados en Siberia, un día llegaron hasta Granada”.  ¿Qué les parece? Y dice más. Dice que se han encontrado fósiles de elefantes en las Islas Británicas. Y que una vez el Sahara fue verde y frondoso. Toma ya. En resumidas cuentas: “En Europa se han venido alternando desde que el hombre vive en ella, ciclos de clima templado como el actual, con largos periodos de frío intensísimo: las glaciaciones”. El cambio climático, o sea. Algo consustancial con la vida del planeta.

  Es que me tienen un poquito cansados los agoreros de la cosa, con su catarata de catástrofes encadenadas. Una vez me dijo un geólogo que ellos para hablar de cambio climático precisaban muchos miles de años. Mas hete aquí que te pones a ver cualquier documental sobre el tema y te lo cuentan de tal manera, que parece que al acabar el programa vas a tener que salir corriendo hacia el norte del hemisferio, de lo desertizada e inundada que va a quedar la península ibérica. De cumplirse las previsiones, qué suerte van a tener los que vivan para entonces. No hará falta coger el coche para ir a la playa: el mar llegará hasta ahí mismo, hasta la frontera de Caya.

  Resulta que el hombre, o sea, la especie humana, fue capaz de adaptarse a los cambios climáticos (léase Arsuaga), cuando no disponía más que de cuevas, pieles, lumbres y lanzas, y ahora que disponemos de medios para adaptarnos a las inclemencias climáticas (me gusta la aliteración), vienen los profesionales del catastrofismo a jodernos la narria. Que sí, que yo no soy quién para negar que se está produciendo un cambio en el clima, uno más de los que ha vivido este bendito planeta (bendito porque está reventón de vida), un nuevo cambio, sí, acelerado en esta ocasión por la mano del hombre (¡y de la mujer!), pero que no va a ser tan abrupto como nos lo pintan, ni mucho menos.

  “Henchid y dominad la Tierra”, dice el Génesis. Eso es lo que haremos cuando llegue la hora (me encantaría vivir para verlo), que todavía hay inmensos territorios inhóspitos, que se transformarán en tierras primaverales cuando el calor de aquí sea irresistible. Cuando eso suceda, se me quitará el disgusto que me produjo enterarme, geografía del bachillerato, de que un país tan inmenso como Canadá, sólo es habitable en la delgada franja meridional: ¡por culpa del frío! Por no hablar de Siberia, que me recuerda a Putin, que es un bicho malo.