Ir al contenido principal

EL AGUJERO NEGRO




   Uno ya venía dopado por Carl Sagan (lástima no haber tenido a un físico como profesor de física en preu), el hombre que más ha hecho por la divulgación científica en este mundo: su obra “El Cosmos” es un monumento de la cultura universal. Pues mira tú por dónde, cuando ya empezaba uno a tener el ‘mono’, aparece milagrosamente una gorda dosis de droga dura en forma de libro, cuyo proveedor es el Echenique bueno, Steven Hawking, o sea: “Breve/brevísima historia del tiempo”, otro ingente monumento del pensamiento. Lo cual que nunca agradeceré lo suficiente a estos hombres lo que han hecho por mí, sí. Si Carl Sagan me puso en mi sitio: vivo en un insignificante planeta que orbita alrededor de una estrella normalita, una de los cientos de miles de millones de estrellas que integran nuestra galaxia, la Vía Láctea, a su vez, una de los cientos de miles de millones de galaxias que integran nuestro universo (léanlo otra vez); les decía que si Carl Sagan me enseñó dónde está mi casa, Hawking me multiplicó el terreno de juego: ‘multiverso’ le han llamado. Pues bien, sobre todo lo cual, tengo los mismos derechos de propiedad que el que más, casi ‘na’. “Somos la forma que el universo tiene de hacerse consciente” (Sagan), que es la más maravillosa forma de poseerlo: “Aunque somos pequeños e insignificantes a escala cósmica, nuestra existencia nos hace señores de la creación” (Hawking), con lo que viene a coincidir prodigiosamente con las Sagradas Escrituras.  
   Ya digo, nunca se lo agradeceré lo suficiente. Si Carl Sagan me dijo que el universo era mío, Hawking me hizo partícipe de los frutos del más grande talento que ha dado la especie, de Albert Einstein hablo, el hombre que hace un siglo corrido predijo, solo con la herramienta de su caletre, la existencia de dos formidables fenómenos que acaban de ser confirmados recién: las ondas gravitatorias y los “agujeros negros”, uno de los cuales acaba de ser asombrosamente retratado, lo cual me ha impelido a escribir estas líneas, como sentido homenaje a la terna de genios citados, mayormente a don Alberto. Es que don Alberto es, según Hawking (gracias, buen hombre, por haberme propiciado tamaño privilegio) el autor del más brillante relámpago de la mente humana: el “principio de equivalencia” entre un campo gravitatorio, nosotros y la Tierra, por una parte, y usted mismo sometido a un movimiento uniformemente acelerado, por la otra (si lee a Hawking, lo entenderá a la primera). De mis tiempos de Salamanca, recuerdo la lectura que figuraba en el frontispicio de cierto colegio: “No hay mayor placer que el conocimiento de la verdad”, Platón. No sabía bien el gran sabio ateniense hasta qué punto era verdad lo que dijo.
  En fin, que va a tener razón Heidegger cuando afirma que “las montañas se comunican por las cumbres”: Sagan, Hawking, Einstein. Que me perdone Stephen por citar a un filósofo, pero es que, aunque “la filosofía ha muerto”, Heidegger tenía toda la razón en lo de las cumbres, una de las cuales, Salvador Pániker, último filósofo-científico, dijo esto tan bonito a modo de resumen: “la conciencia cósmica, la pulsación cuántica, las ecuaciones de Bohr, la música de Bach, todo es lo mismo”.
   ¿Y la campaña electoral?
   Oiga usted, un respeto a las personas mayores.
 

Entradas populares de este blog

EL SEXO CUÁNTICO

Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...

EL PINGANILLO Y EL FILÓSOFO PANDÉMICO

EL PINGANILLO Y EL FILÓSOFO PANDÉMICO Agapito Gómez Villa Sucedió hace tres quinquenios en la llamada Cámara Alta, ese ente inservible que nos cuesta 5.000 millones al año (ni con mayoría absoluta de la oposición sirve para mojarle la oreja a Sánchez), cuando José Montilla, andaluz de Iznájar, Cordoba, presidente a la sazón de la Generalidad de Cataluña, perdón, Catalunya, se dirigió a la concurrencia en un ‘perfecto’ catalán (malas lenguas dicen que cuando tiene que escribir algo en público, le pasan antes una chuleta). Entre los senadores, Manuel Chaves, andaluz de Sevilla nacido en Ceuta, escuchaba atento, pinganillo mediante, a su paisano José. Aquel día me dije: están locos. Amable lector: “Demuéstrame que no tengo razón”, que decía el joven americano recién asesinado. Que un sevillano se viera obligado a usar un auricular para entender a un cordobés (16 años tenía cuando su familia emigró a Cataluña), es muy fuerte. Ni que decir tiene que ...

ESCRIBIR COMO UN HOMBRE

La otra noche, en cuanto apareció Amenábar en “El Hormigonero” (permítanme la licencia), uno sabía que saldría a relucir la sospechada homosexualidad de Cervantes, según el director de “El Cautivo”. Pues bien, de inmediato se me vinieron a las mientes una catarata de ideas en relación con el controvertido asunto. Vamos a ello. Lo primero, lo de Dorothy Parker, aquella ingeniosa y admirada lengua malvada, que fuera la reina de una piara de intelectuales, periodistas y actores neoyorquinos: “Querido Dios, concédeme que deje de escribir como una mujer”. Eso era mucho pedir, señorita Parker. En efecto, ninguna mujer, mujer, podrá jamás escribir como un hombre. Y a la viceversa. Lo leí de labios de un brillante estudioso de la condición humana de cuyo nombre no puedo acordarme: “Hay más similitud en la manera de estar, ver, ‘vivir’, concebir el mundo, entre un varón occidental y un ‘salvaje’ de Borneo, que entre un hombre y una mujer de nuestro entorno que trabajan en la misma ofici...