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FELIPE ES EL CULPABLE

                                                   
                                          
  Culpable, sí, de lo que pasa hoy en Cataluña. No; no me refiero, claro es, al rey Felipe VI, que el buen hombre está llevando tan gravísimo problema con una exquisita pulcritud. Ni tampoco a Felipe González, aunque éste sí tiene, vaya que si tiene, su ‘cuota parte’ (él puso de moda la locución) de culpa en el asunto. Ya saben, en lugar de apoyar al gobierno (¿se acuerdan de Adolfo Suárez?), lo empujó con ambas manos a las fauces del nacionalismo ‘moderado’ de entonces, independentismo de hoy. Felipe es un tío muy listo, pero a este respecto, no le funcionó la luz larga: no sólo hubo de beber de su propia medicina cuando le tocó gobernar en minoría, sino que su partido consintió, asimismo, que uno de los suyos, ¿o no?, anduviese a todas horas con el “federalismo asimétrico” a cuestas: el señorito Maragall. (Por respeto a Juan Carlos el nuestro, no voy a recordar los tiempos en que los tres tenores, Chaves, Bono y JC el nuestro, iban a pedir el voto de los emigrantes para los socialistas catalanes, uno de cuyos presidentes, ¡andaluz de Córdoba!, se presentó hablando catalán en el Senado, el pobre Montilla, y bajo cuyo mandato no se dejó de multar a los comerciantes que rotulaban el género en castellano, ¡ay Juan Carlos, el nuestro!)
  Y por fin llegamos al verdadero “Felipe el Culpable”: Felipe II. Como lo oyen.
  Lo dijo el profesor Peces-Barba: “Quizá nos hubiese ido mejor con los portugueses y sin los catalanes”. Felipe II, otro al que no le funcionaba la luz larga, no se le ocurrió mejor idea que trasladar a un pueblo la capital de los reinos, Madrid, sólo porque era el centro geográfico de la península (era rey de Portugal por herencia materna), con la cual equidistancia pretendía controlar a todo el personal. Craso error: a la historia me remito. ¿Está acaso París en el centro de la France? Vamos anda. ¿Lo está acaso Washington en EEUU? Anda ya. Ni Londres, ni Moscú, ni Pekín, ni tantas otras capitales. Sólo a un rey paranoide se le ocurre cosa semejante. ¿Qué consiguió con eso? No ‘dominar’ ni a tirios ni a troyanos, sino, muy al contrario, dejarle una patata muy caliente a su hijo, Felipe III. Tiene la palabra el señor Peces-Barba: “Cuando el Conde-Duque de Olivares se encontró al mismo tiempo con el alzamiento de los catalanes y los portugueses, se tomó una decisión: dejar a los portugueses y quedarnos con los catalanes”.
   Y digo yo que, visto lo visto (mantener la península toda como un solo reino, se ha demostrado un imposible), si hubiese sido Lisboa la capital elegida (encantadora ciudad, vive el cielo), hoy, los catalanes serían franceses con toda probabilidad; y si lo hubiese sido Barcelona, Portugal sería lo que es, pero no tendríamos encima el referéndum ése que dicen que no se va a celebrar. ¿Me van entendiendo?

  Y ya para ir acabando. Respecto del primero de los supuestos (Lisboa capital), dijo don Gregorio: “Hubiera habido un gran problema: no se habría podido jugar el Madrid-Barça” (sic). Tiene usted razón, profesor. No obstante, nada comparable a lo que nos hubiera sucedido de haber llevado la capitalidad a Barcelona: ¡las doce Champion’s serían del Barça! Y eso sí que no. Loado sea, pues, el rey Felipe (II).   

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