EL PINGANILLO Y EL FILÓSOFO PANDÉMICO
Agapito Gómez Villa
Sucedió hace tres quinquenios en la llamada Cámara Alta, ese ente inservible que nos cuesta 5.000 millones al año (ni con mayoría absoluta de la oposición sirve para mojarle la oreja a Sánchez), cuando José Montilla, andaluz de Iznájar, Cordoba, presidente a la sazón de la Generalidad de Cataluña, perdón, Catalunya, se dirigió a la concurrencia en un ‘perfecto’ catalán (malas lenguas dicen que cuando tiene que escribir algo en público, le pasan antes una chuleta). Entre los senadores, Manuel Chaves, andaluz de Sevilla nacido en Ceuta, escuchaba atento, pinganillo mediante, a su paisano José. Aquel día me dije: están locos. Amable lector: “Demuéstrame que no tengo razón”, que decía el joven americano recién asesinado.
Que un sevillano se viera obligado a usar un auricular para entender a un cordobés (16 años tenía cuando su familia emigró a Cataluña), es muy fuerte. Ni que decir tiene que tengo por el catalán la misma admiración que por cualquiera otra lengua: ya me gustaría a mí conocerla profundamente, para leer en su salsa (sin traducción) a sus grandes escritores. Pero haber tenido que llegar a lo del pinganillo, cuando tenemos un idioma común que hablamos 600 millones de personas, se me antoja una muestra de patología del comportamiento, y no leve. Como ven, no hace falta recurrir a Pedro Sánchez para encontrar conductas que se estudian en los libros de psiquiatría.
Ya estarán suponiendo por dónde voy. En efecto, no contentos con haber laminado el español de la administración y de la enseñanza de todos los rincones de Cataluña (en tiempos de Montilla, charnego de molde, se incrementaron sobremanera las multas a los tenderos que rotulaban en español: pa matarlo), les iba diciendo que a los políticos catalanes se les ha ocurrido urdir un “Pacto por la Llengua”, entre cuyas particularidades incluye el uso del catalán en las empresas sitas fuera del territorio autónomo. Toma ya. Ejemplo: una empresa catalana radicada en Extremadura estaría obligada a que sus empleados hablen catalán, por si un aquel. Para mear y no echar gota. Menos mal que la inteligencia artificial ha llegado en buen momento: la traducción instantánea a cualquier idioma.
Yo no sé de quién habrá sido la idea, de Salvador Illa o de Puigdemont, que es el que manda en España. El caso es que don Salvador es el presidente del gobierno catalán que ha auspiciado el controvertido ‘pacto’. ¡Ya hemos llegado! El señor Illa, licenciado en filosofía, ejerció de ministro de Sanidad de Sánchez durante la pandemia del Covid, un virus muy filosófico como se sabe. He ahí otra muestra más de que a los políticos, en su demencial carrera, les importa tres puñetas la ciudadanía: se trate de un virus o de un pinganillo. Ah, y por si le faltaba algo a la filosofía sanitaria, don Salvador tuvo como segundo a aquel pobre hombre, Fernando Simón, que dijo que en España habría “uno o dos casos como mucho”, o sea, 130.000 muertos.
El pinganillo y el filósofo pandémico. No sólo Trump está de frenopático.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...