“De mí se ha dicho de todo: desde que soy un genio, hasta que soy un subnormal”. Cela, lo dijo Cela. Yo pienso como los primeros, claro: uno de nuestros más grandes escritores no puede ser un impedido mental (las excentricidades son un ‘adorno’ del genio; Andrés Amorós: “Es un hombre de educación exquisita”). Pues bien, solamente un personaje como Cela podría haber dicho aquello que dijo, en Estocolmo, cuando lo del Nobel: “Tenemos un rey que no nos lo merecemos”. Toma ya. Amigo de don Juan Carlos que era, casi todo el mundo entendió la magnitud del elogio. No obstante, al momento, otro señor inteligentísimo, además de valiente, Fernando Savater, el hombre que salvó la cara de la intelectualidad ante la ignominia etarra, escribió un artículo tomando la frase por el rabo. Es decir: que los españoles nos merecíamos algo mejor. (Conveniente es recordar que Savater resignó la invitación a los saraos del Campo del Moro, donde se juntaban medio millón de personas. Hasta que este particular, ustedes perdonen, denunció en la prensa nacional (hemerotecas) que no me parecía bien la presencia, en un acto ‘institucional’, de un señor condenado a prisión, cuyo amparo le había sido negado por el Tribunal Constitucional: José María García. Ahí lo dejo.)
Sigamos con Cela. Ni él mismo se podía imaginar que, andando el tiempo, sus palabras servirían para abarcar todo el espectro de opiniones que hoy se tienen del Emérito, a saber: por una parte, la de los que piensan que don Juan Carlos es una figura excepcional, gracias al cual se produjo el milagro de la santa Transición, que dijera Umbral, y que, todo seguido, ejerciera durante años como el mejor embajador de España; y por la otra, la de los que opinan que ha sido un ‘vaina’ toda su vida (es licenciado por Lo-vaina, se decía), que ha hecho siempre de su capa un sayo, hasta llegar al grado de corruptelas que le asedian, y lo que te rondaré, morena (mejor rubia, ya me entienden). Es que una cosa es que le gusten las perras más que a un chivo la leche (Raúl del Pozo: “al rey lo que le va a perder no son sus incontables amantes, sino los más de 300.000 millones que se le calculan”) y otra muy distinta su conducta dineraria, vergonzosa a todas luces, diga lo que quiera mi admirado Carlos Herrera: ¿a cuento de qué, si no, esos 678.000 euros ingresados ‘voluntariamente’?
En fin, que visto lo visto, no es extraño que unos le perdonen todo y otros nada. (yo lo perdono: porque tiene 82 años, un respeto a la senectud; y, sobre todo, porque hubo de recibir más de una vez, con el debido respeto, a Jon Idígoras, las manos aún ensangrentadas: venía de ‘matarle’ un par de generales, varios coroneles,…y varias docenas de policías y guardias civiles).
Cela tenía razón, como siempre: ¡Tuvimos un rey que no nos lo merecíamos!
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...