ESPAÑOL DE UCRANIA
La Agapito Gómez Villa
Tenía yo pensado dedicarle esta columna a Juan Carlos 1, que dirían los analfabetos del cine, el hombre que tiró por la borda del yate un inmenso fardo de prestigio, por “un puñado de dólares”, varios sacos más bien, los suficientes para haberse visto ‘obligado’ a defraudar entre 30 y 57 millones de euros. ¿Por qué esa horquilla tan abierta, señores inspectores de hacienda? Por ahí iba a ir la cosa, ya digo (lo dejaré para cuando venga a ver la Semana Santa con su amigo Carlos Herrera), pero viendo lo que está sucediendo en Ucrania, horror, e inmerso que está uno en el “inconsciente colectivo” que ‘inventase’ Jung (“se palpa en el ambiente”, se dijo de toda la vida), no tengo más remedio que cambiar de registro. Afortunadamente, Europa ha tomado el relevo de aquello que dijera José Antonio de España, “una unidad de destino en lo universal”, y yo me siento muy europeo, y por tanto, muy ucraniano.
Bueno, en realidad, yo me siento ucraniano desde el día que leí “Érase una vez la URSS”, apasionante viaje de Dominique Lapierre:
De parte de Stalin, que venimos a por el trigo. Le decís a Stalin que el trigo es nuestro. Que nos han dicho que el trigo es suyo. Pues al año que viene se van a enterar.
En efecto, al año siguiente, Stalin mandó requisar hasta el último grano, que ni para la simiente les dejó. Con lo cual, no hubieron trigo ni para comer ni para sembrar. Y para acabar de rematarlos, nunca mejor dicho, les prohibió que se desplazasen del campo a las ciudades: a mendigar algo que llevarse a la boca. Resultado: cinco millones de ucranianos muertos de hambre. Así se las gastaba el Padrecito Stalin, aquel Putin con bigote.
Después de aquello, no es de extrañar el cariño que los ucranianos profesan a los rusos. Lo que sigue, ya glosado aquí, es un claro ejemplo de ello: un día en la consulta, como intentase expresarle mi simpatía hacia su país a una señora ucraniana, nada más escuchar la palabra Rusia, la buena mujer, que, con su español escaso, no sabía por dónde yo iba, me cortó en seco, enfadada: “¡No me hable de ese país!”
Desde el día que Putin, ese Stalin sin bigote, decidiera anexionarse por la cara la península de Crimea, sin que el mundo entero moviese un dedo -se conoce que por entonces no se habían inventado aún las sanciones económicas-, a mí la cosa no me llenó el ojo: lo de hoy se veía venir, sin necesidad de que lo advirtieran los servicios de inteligencia americanos. Por cierto, vaya papelón el de Macron, presidente de la France y presidente de turno de la Unión Europea, a la sazón. Espero que el orgulloso pueblo francés no olvide tamaña humillación.
En fin, que ante los atroces horrores provocados por la invasión rusa, desde aquí me declaro ucraniano de España. O español de Ucrania. Tanto da.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...