Tengo yo un amigo que, cabreado como un mono con su partido de cabecera, el partido socialista, en unas elecciones generales, no se anduvo con chiquitas: votó a Podemos. O sea, que mi amigo se transformó, de la noche a la mañana, en un populista de izquierdas. El caso es que yo lo seguí viendo como siempre: como una persona normal.
Tengo yo otro amigo que, indignado con su partido de nacimiento, el de la derecha de toda la vida, ni corto ni perezoso, decidió votar a Vox, con lo cual, en un abrir y cerrar de ojos, mi amigo se transformó en un populista de derechas. El caso es que yo lo seguí viendo como siempre: como una persona normal; eso sí, más del Real Madrid que don Santiago Bernabéu.
Sucede que los que estudiamos algo de latín, sabemos que populismo viene de populus-i, que significa pueblo. Y yo me pregunto: ¿es que, acaso, no forman parte del pueblo los votantes del resto de los partidos? Conclusión: “stricto sensu” (haber ‘estudiao’), tan populistas son los unos como los otros. ¿O no?
Si es que no “saben manera”, que decían los moros, de los alféreces provisionales que caían como moscas cuando aquella guerra africana: digo yo que, puestos a descalificarlos, ¿no sería más ajustado llamarles directamente demagogos. Demagogia: “Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”.
Ahí te quería yo ver, caporal. ¿Hay acaso algún partido que no utilice la demagogia? Díganme uno. Está más que claro: los partidos, o sea, los políticos, tarde o temprano acaban siendo unos demagogos de molde, cuando no tramposos y mentirosos. ¿Qué no? “Los promesas electorales están para no cumplirse”, dijera aquel abad laico, Tierno Galván, mentiroso a lo pobre: habiendo nacido en Madrid, hijo de padre militar, se inventó un pueblo de Soria y un padre labrador. ¿Y qué me dicen de Aznar, de Madrid de toda la vida, que se decía de Valladolid? Ya sé que ésas son mentiras intranscendentes, pero de ahí a las gordas hay un paso. O sea, que hemos llegado a la conclusión de que el populismo ha venido a sustituir a la demagogia, palabra un poquito más hiriente, por ahora. Digo por ahora, porque, al paso que vamos, dentro de poco serán la misma cosa.
En resumidas cuentas: que usted y yo estamos ‘obligados’ a votar a los partidos tradicionales, si no queremos ser tachados de populistas, aunque la labor de tal partido bien pudiera haber sido desastrosa (me acuerdo yo de un tal Zapatero). Pues mire usted, no.
Señores políticos, señores periodistas de la política (primos hermanos), tan constitucionales son los unos como los otros y, por tanto, merecen el mismo respeto. Es que, bien podría suceder que, un mal día, ésos a los que tachan de populistas, se revuelvan contra ustedes y principien a llamarles ‘pringaos’, que sois unos ‘pringaos’. Un suponer.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...