SÁNCHEZ Y LOS HUEVOS
Agapito Gómez Villa
Sánchez. Ha bastado la simple sugerencia que le hiciera el pasado domingo en estas páginas (por cierto, se me fue la pinza en los millones defraudados en Andalucía: puse 7.000 en lugar de los casi 700), les decía que ha sido suficiente el consejo que le di a Pedro I el Alto (Pedro I el Grande es otro) de que se cepillase de un plumazo a los saltimbanquis que han convertido la ciencia meteorológica en un circo (hay gente seria, por supuesto), para que se haya puesto a llover como Dios manda. De no haber sido así, la cosa habría tomado tintes de verdadero dramatismo. Cerrado queda, pues, felizmente, el capítulo de Sánchez: en el ámbito nacional. No obstante, me gustaría quedar resuelto el asunto a nivel regional. A ello vamos.
Los huevos. Cuando yo era muchacho, todas las bodas se celebraban en verano, única manera de asegurarse un día radiante. No me digan que es lo mismo casarse con sol, que hacerlo con lluvia, la cola del vestido nupcial empapada en agua. Vamos anda. Sea como fuere, desde tiempos inmemoriales, las familias de los contrayentes procuraban asegurarse un día aplaciente (hay tormentas muy traicioneras), para lo cual, nunca faltaba la visita al convento de las Claras (estoy hablando de Cáceres), pertrechados de sus buenas docenitas de huevos (mi santa y yo cuando nuestros hijos). Cuán grande ha de ser la influencia de las monjas sobre las borrascas, pues que nunca lloviera en la fecha del enlace. Por contra, en la época sin bodas, no paraba de llover. Algo tiene que haber cuando la tradición ha llegado hasta nuestros días. Sigamos.
Cuando yo era muchacho, no había que andar buscando un lugar donde celebrar el banquete: los invitados del novio, a casa del novio; los de la novia, a casa de la novia; los desposados, juntitos en casa del novio (odioso machismo secular). Luego, acababan todos juntos en el baile, claro. ¿Siglo XIX? No, a la vuelta de la esquina. Hoy, todo aquello se celebra en un restaurante. Y aquí viene el problema. No sé si será porque el número de bodas se ha incrementado sobremanera (nuevas clases de parejas, divorciados que vuelven a incurrir, etc.), pero lo cierto y verdad es que no hay forma de encontrar un restaurante libre en fechas veraniegas. Total: que ya se vienen celebrando uniones matrimoniales incluso en pleno invierno. ¡Como para no recurrir a las Claras! Consecuencia: no hay manera de que llueva. ¡Ha habido días con la borrasca encima del tejado, y ni una gota! Así no podemos seguir.
Lo ideal sería volver a lo de antes: todas las bodas en verano. Pero como eso es imposible, propongo a la Junta de Extremadura que se haga cargo de proveer a las Claras, gratis et amore, de todo el arsenal de huevos que precisen. Con una condición: que dejen de admitir las dádivas antipluviales de los particulares, y que el efecto se extienda a toda la región, claro.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...
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