“Rusia es culpable”, dijera Serrano Suñer a la multitud desde un balcón madrileño, cuando lo de la División Azul y todo aquello. Eso mismo diría yo hoy de nuestra Constitución, en cualquier balcón público de España, pero como no tengo balcón, lo digo desde estas páginas: la Constitución es culpable, sí. La Constitución es culpable de todo lo que ha pasado en las últimas décadas en nuestro país, hasta llegar a los momentos convulsos que vivimos estos días, a punto que estamos de la disgregación, por culpa de un político capaz de romperle las costuras a todo lo que se le ponga por delante, con tal de mantenerse en el poder.
Dentro de unos días se celebrarán, en España, en “Lo que queda de España”, que escribiera Losantos tiempo ha, algún que otro acto en defensa de la llamada Carta Magna. Pues hete aquí que uno piensa que en la Constitución está el germen, los gérmenes más bien, de los movimientos sísmicos presentes, de modo y manera que, lejos de deificarla, lo que habría que hacer con ella es cargársela, o sea, pegarle un meneo tal, que luego no la conociera ni la madre que la parió, que diría Alfonso Guerra, tan aguerrido, ¡al fin!
Lo he dicho en anteriores momentos: la Constitución tiene en su seno alguna que otra serpiente venenosa, una de las cuales es una incomprensible Ley Electoral. ¿La otra?: en qué cabeza cabe que la Ley de Leyes considere legales a los partidos que no sólo quieren acabar con España, sino que se ríen de su ordenamiento constitucional. ¿Ustedes creen que habríamos llegado al actual estado de cosas si dicha ley electoral no hubiese primado de forma tan brutal, tan obscena diría yo, a los partidos nacionalistas, o lo que es lo mismo, a los independentistas? Es tan flagrante el asunto, que la presente singladura no se entiende sin aquélla. Sin una ley tan deletérea, ¿ustedes piensan que España estaría hoy en manos de los que quieren destruirla, directamente? Sí, he dicho destruirla, pues que pretenden crear una suerte de Estado, integrado por ‘republiquetas’, que dijera en su día Felipe González. Y ahí quería llegar: a Felipe y Alfonso.
El otro día, Felipe y Alfonso montaron el pollo, rebelión auténtica diría yo, contra las pretensiones ‘del otro’ (Alfonso dixit) de conceder algo que no cabe en la Constitución ni rompiéndole los forros: amnistía para los que en su día pusieron patas arriba a Cataluña, perdón, Catalunya, declarándola república independiente, aunque fuese sólo por un instante. Ni que decir tiene que ‘El otro’ es el tal Sánchez, un personaje que con tal de mantenerse en el poder, sería capaz de vender su alma al diablo, ya digo, si dicho individuo tuviese alma, claro. “Haréis y diréis cosas que me helarán la sangre”, dijo la madre de Joseba Pagaza cuando la eta le asesinó a su hijo. Helas aquí, proféticas.
En fin, que me parece de perlas lo de Alfonso y Felipe, pero la cosa llega un poco tarde. A buenas horas, mangas verdes, que dijera el clásico.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...