El otro día me llamaron del Ministerio de Trabajo: “Que quiere hablar con usted la señora ministra”. “Dígame, doña Yolanda”. Luego de media hora al teléfono, lo único que fui capaz de entender, no sé cómo lo hará Pedro Sánchez, tendrá algún intérprete, les decía que al final sólo me enteré de que me llamaba para darme las gracias por el artículo que en tiempo de pandemia publiqué en estas páginas. En el mismo, yo abogaba por la reducción de la jornada laboral: “Reinventarse” (consulten hemeroteca). Por lo visto, según me dijo un colaborador de la señora vicepresidenta, el artículo había sido esgrimido de rabo a cabo, perdón por lo del rabo, para conseguir las treinta y siete horas y media semanales. Al parecer, una de las cosas que más le había gustado a doña Yolanda, aparte de las referencias a la revolución industrial con sus reducciones horarias y todo eso, fue lo que dije de Julio Cortázar: que cuando llegó a París, buscaba trabajos de dos o tres horas, o sea, un curro (no conozco la palabra equivalente en francés) que le diera para vivir y escribir. Ya salieron las dos horas.
En efecto. Es que yo voy mucho más allá de las 37,5 horas semanales. Llego hasta las 30 horas. ¿Que eso es una locura? Calla, cansao. ¿Cuántas personas hay en España ‘desoficiás’, o sea, sin oficio? Entre parados (continuos y discontinuos) y los que están cobrando los 450 euros, hay una pila de millones. Ahí te quería yo ver. ¿Tan difícil sería que cada uno de ellos trabajase dos horas diarias, complementando, hasta las ocho horas, a uno de los trabajadores ‘de verdad’? Si en lugar de dos horas, fuesen cuatro, dos por un currante y dos por otro, ya sería el desiderátum. ¿Y que haríamos si el parado/remunerado y el de los 450 se negasen a colaborar? ‘Pos’ ya lo estudiaríamos.
No me diga que son medidas duras. A usted mismo le he escuchado decir más de una vez que le parece bien que la gente cobre un dinerito para vivir dignamente, pero que no estaría mal que en lugar de comerse la sopa boba, colaborasen al tiempo en alguna tarea comunitaria. ¿O es que ya no se acuerda? Y luego está lo de Alemania (no entiendo por qué los medios de comunicación no cuentan estas cosas): en Alemania, llaman al parado y le ofrecen un trabajo; a la primera, aceptan que no lo acepte; pero a la siguiente, si se niega, le quitan la prestación.
Uno comprende que el parado merece toda la consideración/atención del mundo, personal y dineraria, pero me da como la sensación de que aquí se está siendo excesivamente permisivo. Les recuerdo que, habiendo millones de españoles de brazos cruzados, hay cosechas que se pierden ¡por falta de mano de obra! (cerezas, fresas, aceitunas y por ahí). Ah, y encontrar un camarero es una odisea. ¿Me he explicado bien?
Doña Yolanda: su problema con el habla tiene remedio: hable con Sergio Ramos. Suyo, afectuoso.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...