Ayer sábado tuvo lugar, en toda España, el examen MIR. Recalco lo de toda España, porque no sabemos por cuánto tiempo. Me parece muy raro que los independentistas no hayan vuelto a la carga con el MIR catalán, en las negociaciones ésas que están teniendo con el sumo hacedor de la realidad, Pedro Sánchez: “La verdad es la realidad”, ha afirmado, tan oreado.
Vaya por delante que el sistema MIR, método de especialización médica como todo el mundo sabe, es una bendición que cayó sobre España, gracias al impulso de un gran hombre, el doctor Segovia de Arana, el cual ha propiciado que la medicina española venga codeándose, hace sus buenos años, con las mejores del mundo, sí, qué pasa. El doctor Segovia fue, asimismo, el creador de la especialidad de Medicina de Familia, materia de la que uno tiene cierto conocimiento: no en vano, pronto se cumplirán 46 años desde aquel día de finales de abril en que principié mi andadura profesional, en la que aún sigo. Comencé sin MIR ni nada, ay, pues que, en aquel tiempo, aún se podía ejercer la medicina al día siguiente de haber aprobado la última asignatura. Con un par. Un ojo de la cara habría yo dado por haber recibido la referida formación. De ese modo, no habría saltado al ruedo a cuerpo descubierto, provisto tan sólo de un fonendoscopio, un esfigmomanómetro (tensiómetro para los amigos) y un talonario de recetas. Valor había que tener.
Total, que a tenor de la magna prueba nacional, ha dicho un periódico: “Récord de plazas MIR de médico de familia, pese al desinterés por la especialidad”. Y a continuación: “La especialidad que más necesita el sistema sanitario es la que menos atractivos ofrece a los futuros profesionales. El incremento de plazas en cada convocatoria no se llega a cubrir: 131 en 2023”. Y dice una doctora que renunció a la Medicina de Familia y se hizo alergóloga: “Atender a 50 personas en un día es una verdadera locura” (72 tenía yo cada mañana, nada más encender el ordenador, una larga temporada).
Ya tenemos el problema puesto en suerte. Ahora toca buscar la solución.
Uno sabe de sobra, cómo no, que todas las especialidades médicas han alcanzado un extraordinario nivel de excelencia, y lo que te rondaré, morena. Dicho lo cual, les voy a decir una cosa: las grandes estructuras están sustentadas en buenos cimientos. El sistema sanitario no es, claro está, una excepción, la base del cual no es otra que la Medicina de Familia: ¡“la especialidad que más necesita el sistema de salud”!. Pues bien, ya están poniéndose las pilas los gestores sanitarios, si quieren evitar que el edificio comience a hacer aguas. ¿Que cómo se hace eso? Ofreciéndoles más “atractivos” a los futuros profesionales, no sé si me entienden.
Ah, y nada de complejos, queridos congéneres. Recordad las palabras del gran doctor/profesor, Amador Schüller, referidas aquí en varias ocasiones: “Siempre he dicho que ser médico de cabecera es ser dos veces médico”. Estaba yo presente cuando las pronunció.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...