Yo sé que, en estos días, todo lo que no sea escribir sobre las andanzas de Pedro Sánchez, el hombre capaz de romperle las costuras a la mismísima España, con tal de seguir en el poder, será considerado como una muestra de cobardía por una parte considerable de la ciudadanía. Asumido queda. Soy un cobarde. Un cobarde que, cuando mis ojos eran los de Felipe González, no podía ver a los jueces ni en pintura. Nada nuevo, pues. Por cierto, Pedro: te recuerdo que Felipe estuvo en un tris de entrar en la cárcel, por la “guerra sucia” y todo aquello: en cuanto Barrionuevo se hubiese derrumbado, que a punto estuvo. “Guerra sucia” llamaban los periodistas de Madrid a lo del Gal; digo yo que la “guerra limpia” serían los viles asesinatos de la eta. Pa matarlos. En fin.
Asumida mi proverbial cobardía, voy con lo otro.
No creo que haya un espectáculo más grandioso que la ceremonia de inauguración de los JJOO. Un evento que acaba con Celine Dion cantando desde la torre Eiffel, es grandioso por definición; aunque presiento, ay, que acaba de empezar la decadencia, que “toda gloria es pasajera”, frase final de la película “Paton”. La burda, basta, horrísona y bochornosa emulación de la “Última Cena”, es la clara muestra de lo que digo. Grandioso evento, no obstante. Lo que viene después, los JJOO propiamente, es puro relleno, si exceptuamos algunos deportes mayoritarios como el tiro con arma de fuego, el tiro con arco, el tenis de mesa, la esgrima, la lucha en todas sus formas, el boxeo, el lanzamiento de huesos de aceituna con la boca (muy pronto)… y la equitación. Aquí quería yo llegar, a la equitación, deporte que sólo pueden practicar los que tienen un caballo.
En casa nunca tuvimos caballo, pero sí teníamos un burro magnífico, el burro Porra, con el que yo hacía toda clase de diabluras: saltos (gavias mayormente), velocísimas carreras y todo lo que se terciara. Así que ni corto ni perezoso, me dirigí (dieciséis años tendría) al Comité Olímpico Internacional para solicitar la inclusión de los burros en las Olimpiadas. Mi argumento era que dichos animales pertenecían a la misma familia de los caballos, los équidos (lo había visto en un diccionario) y que no entendía por qué el caballo sí y mi burro Porra no. Más de cinco décadas han pasado y todavía no me han contestado, los muy ineducados. Años después, muerto el burro, tan llorado, mi padre compró un mulo, al que puso por nombre Chilindrón. Ésta es la mía, me dije. El mulo pertenece también a la familia de los équidos, como hijo de yegua que es. Así que escribí al Comité de los JJOO solicitando la participación con Chilindrón. Todavía estoy esperando la respuesta.
Comprenderán ahora el cariño que le tengo a las Olimpiadas. Los dirigentes son unos elitistas de molde. Así que por mí como si desaparecen. Ya me encargaré yo de escuchar por otro lado a Celine Dion.
Atentamente, un cobarde.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...