Domingo, 8 de los corrientes, teatro romano de Mérida, lleno hasta la bandera, agradabilísima noche: “Señoras y señores: bienvenidos al Stone and Music Festival”.
- ¿Ha dicho algo de los Rolling Stones, verdad?, pregunto a mi vecino de asiento.
- No. Es que a estos conciertos, lo que antes se llamaban actuaciones, les han puesto el nombre en inglés, porque fueron los ingleses los que construyeron el teatro hace ya muchos siglos.
Ah, pues yo creía que habían sido los romanos.
Eso es lo que la gente dice. Fueron los ingleses: por eso la ciudad lleva un nombre inglés, “August Emerit”.
‘Pos’ tendrá usted razón, buen hombre.
Al instante aparece Malikian, Ara Malikian, un armenio nacido y criado en Beirut, más listo que los ratones coloraos, y comienza a derramar sus virtuosismos sobre las milenarias piedras, perdón, stones. Mas no sólo sus virtuosismos con el violín (el violín y él son una misma cosa), sino su mucho ingenio y su mucha gracia a la hora de contarnos, con su perenne acento extranjero, las historias más inverosímiles -¡ah, el poso de la grandiosa cultura mediterránea!-, imprescindible complemento para redondear una noche mágica. Es que la música, lo que se dice la música propiamente, nunca fue capaz de romper la barrera del sonido, ya me entienden. Total, que entre unas cosas y otras el mozo se metió al público en el bolsillo.
Al final, no faltaron las palabras de siempre: los encendidos elogios al portentoso recinto (me gusta acudir todos los años; lo hago como si visitase el templo de una importantísima deidad). En efecto: no hay artista que pise el escenario que no hable maravillas del lugar. Ninguno. A cual más encendidas.
Abundando en los elogios al sacro recinto (hay algún que otro dios presente), me cuenta un amigo, sabiniano convicto, que no ha mucho alguien le dijo a Joaquín Sabina que debería incluir a Cáceres en la gira ‘póstuma’ que va a iniciar por medio mundo, y que por lo visto éste le respondió: “Mejor que Cáceres, me gustaría volver al teatro romano de Mérida”. O sea, que ya saben (si ustedes creen que estoy colgado con Sabina, tendrían que escuchar a mi hermano el chico, que dice que, en el mundo de la poesía contemporánea, andando el tiempo sólo nos quedará el ingenio y la gracia de Sabina, y alguno más).
Llegados a este punto, aquí viene mi idea, que como todas las grandes innovaciones que en la historia han irrumpido, seguro que levantará ampollas. Me explico. Puesto que todos los artistas están encantados, maravillados, asombrados, etc., antes y después de haber hollado el prodigioso escenario emeritense, propongo solemnemente que, en adelante, en lugar de pagarles por sus actuaciones, sean ellos los que paguen por semejante privilegio. A mí nunca me han pagado nada por entrar en el Vaticano, ni en el Coliseo, ni en el Louvre, ni en el Prado, ni en el Hermitage. Al revés.
Yo pagaría gustoso por actuar en la catedral ‘inglesa’ de Mérida.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...
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