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SE FUE LA LUZ

En cuanto retumbaba el primer trueno, se iba la luz: tímida bombilla, decimonónica y única que pendía del centro del zaguán de la casa que compartíamos dos familias, y que se encendía y se apagaba con el alumbrado de la calle. Así que nos quedábamos sin poder escuchar los discos dedicados en el ‘arradio’, qué ‘arradio’ ni qué leches, si no teníamos: el primero lo compramos de segunda mano por mil pesetas, cuando yo andaba por los dieciséis. Menos mal que al menos el teléfono seguía funcionando, qué teléfono, si en casa de mis padres no hubo teléfono hasta los años ochenta. En fin, que aquello era un estropicio en toda regla: sin ‘arradio’, sin teléfono, sin televisión, sin frigorífico, sin internet, sin na. Para mí, lo peor de todo era que, enviciado muy pronto por la lectura, no podía leer las vibrantes biografías que venían en la enciclopedia (las leía todas las noches, no había otro libro), la de José Antonio Primo de Rivera entre otras, que todavía me acuerdo: “jugar también jugó, pero nunca faltó a sus obligaciones”, o “los hombres que él formó iniciaban la lucha a las órdenes de Franco”. Y así. En fin, que el apagón del otro día no me afectó demasiado, la verdad. En mi caso, me sirvió para ‘volver’ al paraíso -“No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”, dijera Borges-, que allí pasé mi infancia, ¡no perdida!: la conservo intacta en la memoria. (Ustedes perdonen: el gran Cela habla de su infancia como un paraíso, y el gran Vargas Llosa, también; hasta que volvió a casa el psicopatón de su padre, amedrentado que tuvo al niño, qué canalla.) Total, que deslizándome dulcemente por los senderos de la memoria, fui a dar con los huesos de los recuerdos en una mañana de la adolescencia (no tan mala como la del mentado Cela: “cruel adolescencia” la llama). Pues bien, quién me iba a decir que en aquella mañana recordada estaba escondido el secreto primigenio del histórico y reciente parón electrógeno. Síganme. En aquel tiempo, aprendí a sustituir las ancestrales ‘cuerdas’ de la luz, gordas y feas, por los modernos cables recubiertos de plástico blanco. “Agapito, ¿por qué no me pones esos cables nuevos?”, me dijo una vecina, y luego otra, y otra. Y aquí viene lo mejor. Mi tía Andrea, me pidió algo más: “En el pajar no tenemos luz, hijo”. Y le puse una luz en el pajar. Mas hete aquí que, al girar el interruptor, sonó un chispazo, zas. Cincuenta veces que arreglé el ‘plomo’, otras tantas se fundió. En esto que mi tío Dioni, viéndome desesperado, soltó una frase rotunda, que yo intuí para la historia: “¡Eso dependerá de donde dependa!”. Toma ya. Y vaya que si era una frase destinada a hacer historia. Un siglo después, la ha venido a decir Pedro Sánchez hablando de un problema de la misma índole: la falta de electricidad: “No conocemos las causas. Como dijo el tío de Agapito, eso dependerá de donde dependa”. Ver para creer.

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