NERÓN EN EXTREMADURA
Agapito Gómez Villa
Mientras escribo, no dejan de sobrevolarme avionetas y helicópteros cargados hasta las trancas de agua que muy pronto derramarán sobre las llamas del histórico incendio de Jarilla, en las proximidades de Casas del Monte. Le he llamado histórico porque me extraña mucho que los medios (los de la prensa, no los aéreos) todavía no lo hayan dicho. Lo acabarán diciendo: los viejos del lugar no recuerdan nada igual. Si no se tratase de una situación dramática, sería para sentirse orgulloso de tamaño despliegue de máquinas y hombres.
En fin, que contemplando la otra noche el imponente espectáculo del avance de las llamas, pensé en lo que hubiese gozado Peter Ustinov, con aquella cara de imbécil que le obligaron a poner para parecerse a Nerón, y aquella voz de idiota con la que doblaron al español su cretinismo, si hubiese visto el espectacular incendio de la sierra que va de Jarilla a Casas del Monte, madrugada del miércoles. Lo de Roma fue una lumbre de pueblo al lado de la línea de llamas que iba desde la carretera hasta la cumbre.
Lástima que se trate de un suceso dramático, con sus ancianos evacuados y sus árboles incendiados. Pero mira tú por dónde, cuando me disponía, a empezar este escrito, llega un amigo que además es ingeniero agrónomo y va y empieza a enumerarme la cantidad de beneficios que tienen los fuegos sobre el medio ambiente, eso sí, provocados y dirigidos como Dios manda. Y me cita a una ingeniera canadiense que empieza y no acaba la buena mujer de hablar de los beneficios de la cosa. Lo cual me da pie para recordar lo que una vez, años ha, escuché decir a otro agrónomo un verano que hubiera grandes fuegos en las sierras de Valencia: “Los incendios forman parte de la ecología de esta tierra”.
Es que por lo visto, el ecologismo llevado a los extremos actuales, de absoluta inanidad, no aporta nada a la naturaleza, sino todo lo contrario. De toda la vida, los campos han sido trabajados por la mano del hombre (y de alguna mujer) y no pasaba nada, sino todo lo contrario.
A lo que íbamos. Que no deja de ser un privilegio contar con toda suerte de medios, aéreos y terrestres, pilotados por jovenes vigorosos y expertos, luchando, noche y día, contra el fuego que prendiera un rayo flamígero, nunca mejor dicho. He dicho noche y día porque en la oscura madrugada se podían distinguir entre las llamas unas luces blancas e intermitentes que no eran de naves extraterrestres precisamente. Todo un lujo, propio de un país desarrollado. ¿Y quién paga ese lujo? Usted y yo con nuestros impuestos.
Y aquí viene lo bueno. “Me gusta pagar impuestos”, titulé en su día un artículo. Hoy viendo el magno y magnífico despliegue de medios y de hombres, vuelvo a decir lo mismo: me siento orgulloso de contribuir con mis tributos a semejante demostración de poderío. Todo lo contrario que cuando pienso en la ingente cantidad de políticos sobrantes que viven de mis impuestos.
Los detesto con todas mis fuerzas
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...