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AGUA DIOS Y VENGA MAYO

“Alqueva, el mayor embalse de Europa, empieza a desembalsar por cuarta vez en su historia”. HOY, 30 de enero. No me digan que no es una noticia ‘refrescante’, en medio de tanta catástrofe, esas desgracias que tarde o temprano acaban produciéndose en cualquier lugar del mundo: acuérdense del choque de dos aviones en Barajas, o del de Los Rodeos en Tenerife, por no hablar del AVE compostelano, y así. Obvio es decir que las catástrofes no dependen sólo de lo catastrófico que sea el gobierno del país donde se producen. Es que si de eso dependiera, a nosotros nos correspondería una diaria, gobernados que estamos por lo peorcito de cada casa. ¡Con la cantidad de españoles que hay con la preparación necesaria y suficiente para la labor, y va Pedro Craxi, perdón, Betino Sánchez y elige a los últimos de la clase! Vivir para ver. A lo que vamos. Que está lloviendo a modo y que no estoy dispuesto a quejarme de la lluvia, así esté cayendo agua hasta el día de mi cumpleaños. ¿Que cuándo es mi cumpleaños? Eso lo sabe todo el mundo: en mayo. Como cualquiera de ustedes, tengo la infancia esculpida en la memoria, y de aquella época, maravillosa, recuerdo unos inviernos en los que nunca dejaba de llover, tal que me dijera un día un paciente: “Ahora no llueve na, don Agapito. Cuando éramos muchachos, nos poníamos a llover y no parábamos en to el invierno”. Tal cual. Tanto llovía, que se pueden imaginar la cara de sorpresa que puse cuando el maestro, don Vicente Albarrán Murillo, siguiendo el orden de la enciclopedia escolar, supongo, nos habló de la España húmeda y de la España seca, y a continuación, con el agua al cuello que estábamos, nos dijo que Extremadura pertenecía a la segunda: semanas en que no se podía salir al campo con los burros, que apenas se alejaban del pueblo, les llegaba el barro hasta los corvejones. Cáscaras por la boca echaba mi padre. Y cuando no llovía, caían unas heladas como nevadas, los campos como la patena y la charca del pueblo cubierta de carámbano: treinta años lleva sin congelarse. Ah, y qué fue de aquellos sabañones como ‘sangutas’, sanguijuelas en fino, que algunos muchachos gastaban (Cela), mayormente cuando jugábamos a los bolindres, vulgo canicas, o al revés. Lo cual, que volviendo a la lluviosa y bendita infancia, no pienso quejarme por mucha agua que caiga. Por dos razones: la primera, porque, proustiano que es uno, estos temporales me sumergen de lleno en una época de mi vida repleta de recuerdos de impagable valor; y la segunda, porque no me gustaría morirme sin ver de nuevo vivas las fuentes que en aquellos trasantaños brotaban por doquier, que tenían hasta su vaso de metal del pleistoceno, de alguna de las cuales bebía un rebaño de ovejas todo el verano. En resumidas cuentas: que caiga toda la lluvia que sea menester, con tal de no escuchar (tercera razón) a los insoportables agoreros de la próxima sequía. Que llegará.

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