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QUID PRODES


   Lo dice mucho el profesor Tamames, que por algo es catedrático de universidad de los de antes, de los que sabían latín: quid prodest, a quién beneficia. A quién beneficia el que los medios de comunicación rivalicen a la hora de rebozarnos por la cara, a cada instante, las ‘insoportables’ cifras del paro. ¿Insoportables? Llegaremos a los siete millones, ya lo verán, y los pájaros seguirán cantando. Quid prodest: ande, dígamelo, amable lector.

   Se lo dije el otro día a Bea, joven periodista y amiga: la culpa del pesimismo social la tienen los medios de comunicación (no del paro, ojo, que eso es cosa de los políticos, esas pobres criaturas de tercera, según el gran Cela). Pues bien, tal que se lo dije a ella, se lo digo a ustedes. Y de ahí no hay quien me apee (del verbo apear). ¿Que eso es matar al mensajero? Anda ya. Ese es un truco, lo del mensajero, que ya nos conocemos tiempo ha. Cada vez que alguien osa ponerle el dedo en la nariz al periodismo, sale a relucir lo del mensajero. Como si los mensajeros tuvieran patente de corso. ¿Que habría que ocultar las legiones de parados? Eso lo dirá usted. Ni lo uno ni lo otro. Ni ocultar las legiones, ni usarlas como escopetazos en la conciencia colectiva del personal, como hacen a diario los medios, que la virtud siempre estuvo en el medio, y si quieren se lo digo en latín: virtus in medium est. ¿Cómo se explica, si no, que incluso a los instalados, a los que nunca les faltará la nómina, les empiecen a temblar las piernas? Ande, dígamelo. Pues conmigo que no cuenten. Quiero decir que a mí no me van a llevar al huerto del pesimismo, que uno tiene memoria, que es la mejor vacuna contra las asechanzas de los agoreros. Crisis, lo que se dice crisis, la que hubimos en la infancia. Pobreza, lo que se dice pobreza, la que viviéramos de niños, a mucha honra, ¿pasa algo? Y aquí estamos tan oreados.

   Lo dijo, con sabias palabras, Antonio Muñoz Molina, en respuesta a unos señoritos centroeuropeos, intelectuales e ignorantes (no son incompatibles), que le recriminasen el que en sus novelas deje traslucir que fue un niño feliz en las penurias del franquismo: “Éramos pobres, pero no lo sabíamos”. Manda huevos a Sandra, que se va de la ciudad: resulta que ahora, que somos la décima (o undécima) potencia económica del mundo (¡siete millones de desplazamientos en este puente!), parece que algunos individuos estuviesen empeñados en que empecemos a suicidarnos en masa. ¿Que exagero? A cuento de qué, si no, relacionar con la situación laboral el suicidio del italiano que hace unos días se quitó la vida “por culpa del paro”? Ese pobre hombre tenía ganas de suicidarse y se suicidó, como se suicidan a diario cientos de personas, ay. Y se hubiera suicidado con paro y con pluriempleo. ¿Estaba en el paro Cristina Onassis cuando decidió cambiar de barrio? ¡No me digas!

   “Si hay que ir al infierno, se va”, le dijo el feligrés vasco al cura que increpaba de continuo con las penas del infierno. Eso mismo les diría yo a los periodistas si estuviera en situación de perder el empleo: “Si hay que ir al paro, se va; pero dejen ya de acojonar”.

 

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