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García Márquez en Cataluña

Dentro de unos días se nos morirá García Márquez. Así tenía pensado principiar este
escrito, lo juro. Pero el hombre no me ha esperado. Su muerte me ha cogido enfrascado,
qué casualidad, en la lectura de “El amor en los tiempos del cólera”, obra preferida del
autor: “Así somos nosotros”. De García Márquez ya se ha dicho todo, tiempo ha. Yo
sólo quisiera decir que su prosa es mucho mejor que la de los ángeles, que dudo yo que
alguno pudiera escribir tan bien como él, si los ángeles supieran escribir, que está por
demostrar. Yo lo que quería y quiero es, aprovechando la noticia de su fallecimiento,
abrir una nueva vía de ‘escape’. Procedamos, pues.
 Dijo una vez el gran Cela (me gusta codearme con gente importante) que las
traducciones tendrían que estar prohibidas. La cosa no deja de ser una descomunal
exageración, propia del personaje. Pero, claro, en el sentido que él lo dijo, no le faltaba
su puntito de razón. ¿Se imaginan ustedes a los personajes de “La familia de Pascual
Duarte” hablando en alemán? ¿O a los de “Cien años de soledad” en sueco? A uno le
cuesta trabajo, la verdad. Aparte otras connotaciones, ¿es capaz un traductor de plasmar
el ‘alma’ de la obra original? Ahí tienen el caso de José María Valverde, por cuya
detestable traducción (¡le dieron un premio!) no he podido leer el “Ulises” de Joyce.
 Algo tiene que tener el agua de las traducciones cuando la bendicen: Julián Marías,
para leer a su admirado Heidegger, no se anduvo con chiquitas: ni corto ni perezoso,
agarró un diccionario de alemán y se metió entre pecho y espalda “Ser y tiempo”.
Lo mismo que hiciera el famoso histólogo alemán, Von Kölikken, que ya mayorcito
aprendió español con el solo fin de leer en su salsa a Ramón y Cajal, del que se
consideraba descubridor, tiempos en que don Santiago era un muchacho desconocido en
los congresos berlineses.
 Pero claro, todo el mundo no es Julián Marías ni el profesor Kölikker. Los demás nos
tenemos que conformar con las traducciones. Y aquí viene mi inmenso dolor. Dentro de
unos años, los jóvenes catalanes, que hablarán catalán, inglés y un poquito de español
(“el castellano es la lengua de la chusma”, dijo un político catalanista), tendrán que
leer traducida la prodigiosa prosa de García Márquez, la belleza lírico-matemática de
Borges, las deliciosas novelas de Vargas Llosa, la poesía de Octavio Paz, la “Rayuela”
de Cortázar y tantos otros autores excelsos de allende los mares. Fíjense que no he
puesto ningún español, que son legión, pues que doy por sentada su animadversión a
todo lo de España: Cervantes, Quevedo, San Juan de la Cruz, Machado, Ortega y todos
esos. Pero no me dirán ustedes no es un pecado de lesa humanidad privar a toda una
generación del idioma en el que está hecha, fatal coincidencia, la inmensa y maravillosa
literatura hispanoamericana. Les recuerdo que en la enseñanza catalana el castellano es
un idioma de tercera. Quién le hubiera dicho a Gabo cuando vivió en Barcelona, que
algún día los catalanes tendrían que leerle traducido.
 Lo cual que tengo muchas ganas de que Cataluña se independice de una vez: para que
el castellano no sea usado como arma política. Y vuelva a ser enseñado como Dios
manda. Por la gloria de García Márquez.

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