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La gran decisión


   No confundir con “La gran evasión”, mítica y trepidante y apasionante película de hace un siglo, medio por lo menos, en la que trabajaba (así se decía en mis antaños) el gran Richard Attenborough, recién muerto a los noventa. Me refiero a la desgarradora decisión semanal del tema a tratar en esta columna. Digo ‘desgarradora’ porque, siendo mucha la mies, no hay más remedio que decidirse por uno, en detrimento de los demás. Hay semanas, empero, en que la cosa está clara desde un principio. En efecto, eso es lo que me ha pasado en la presente, en cuanto saltó la impactante noticia. Me refiero, claro es, a la inmisericorde sanción impuesta a Simeone por las cariñosas collejas que le propinase al cuarto árbitro en la trepidante, apasionante, final de la Supercopa, ese pedazo de torneo, cuyo prestigio ya roza el de la Champion: ocho partidos sin poder dirigir a su equipo desde la banda, qué barbaridad. Ocho partidos por una simple “falta de compostura ante un superior”, que así lo hubiesen llamado en la disciplina militar. Ocho partidos sin poder ver al Cholo recorriendo la banda, como un Chiquito de la Calzada cabreado, no puedo, no puedo, pecador de la pradera (el pecador es el árbitro, la pradera es el césped, claro), y dando órdenes a sus muchachos como un guardia de circulación con el baile de San Vito. ¿De qué nos sirve el juego de los equipos si no podemos ver al Cholo?

  “Falta de compostura ante un superior”. Así fue calificado lo mío: así figuraba en el tablón informativo y así era leído cada noche, la compañía formada: “Cáceres 34 (ése era yo): arrestado por falta de compostura ante un superior”. ¿Por collejas a un sargento? Calla, hombre, calla. Por algo mucho más grave: agarrar por el codo a un oficial, alférez de complemento que había velado armas en Cáceres, charlando que estábamos en un descanso de las prácticas de tiro, verano de 1977, campamento de Araca, Vitoria, el mismo donde estuviera Muñoz Molina y que tan magistralmente glosa en “Ardor guerrero”. Yo ni me di cuenta del gesto, pero el capitán de cuartel me vio y me puso las pilas bien puestas (yo hubiera hecho lo mismo, claro: la compostura es una parte de la disciplina, y un ejército sin disciplina, ni es ejército ni es na).

   ¿Que en qué consistió el castigo? Aparte de la vergüenza de verte cada noche nombrado en la “Orden del día”, la cosa consistía en que, a la hora de retreta, el final de la jornada, los arrestados estábamos condenados a  recoger del suelo colillas por el inmenso campamento, y lo que era peor: teníamos que limpiar, hasta dejarlos como los chorros del oro, los váteres del magno establecimiento (cinco mil hombres). ¿Quién mejor que los arrestados para realizar dicha labor, tan necesaria como imprescindible? No, si eso yo lo entiendo y lo entendí muy bien, pero lo que a mí no me cuadraba es que yo tuviera que estar en dicho lugar, obligatoriamente, a mis veintiséis años, arrancado de mi casa dos días después de licenciarme en medicina, habiendo dejado atrás mujer e hija. No obstante, como uno no está diseñado para el rencor, no recuerdo con desagrado mi paso por la milicia. Es lo que había.

   

  

 

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