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Yihadismo en Las Navas


 

  Hoy tenía pensado hablarles de la insalvable distancia que existe entre occidente y el mundo musulmán. Los seis siglos que median entre ambas religiones (ellos van acercándose al 1.400 de su hégira), hacen de todo punto inviable la infantiloide idea de aquel penoso gobernante llamado José Luis Rodríguez Zapatero: la Alianza de Civilizaciones, o sea. Cada día que pasa, los acontecimientos lo demuestran más claramente. Que unos imbéciles tiparracos maten a sangre y fuego a una docena de personas por el terrible delito de pintar caricaturas de Mahoma, es la demostración palmaria de que la cultura basada en el cristianismo y la fundamentada en el Islán son como el agua y el aceite (a propósito, Santidad: hay que procurar no ofender las creencias del personal, de acuerdo; pero matar por las caricaturas es propio de un fanatismo repugnante). Seis siglos nos separan, ya digo. Sin embargo, en cuanto a tolerancia, ese tiempo se queda corto. Tal y como se las gastan esos señores, ¿ustedes creen que dentro de seiscientos años se quedarán cruzados de brazos los yihadistas cuando vean a Mahoma representado en un escenario luciendo unas tetas como una vaca recién parida? Muertos serían en el acto todos los titiriteros. Me gustaría vivir  para  verlo. Pues bien, las enormes ubres vacunas las he visto yo colgando del pecho de un Cristo crucificado, en el Gran Teatro de Cáceres, a cargo de un grupo de presuntos graciosos llamados la Farmacia, o algo parecido. ¿Y qué pasó? Nada, absolutamente nada. Bueno, yo salí corriendo despavorido, no por la irreverencia religiosa del acto, sino por la insoportabilidad de tan burdo espectáculo.

   De eso quería hablarles, ya digo. Pero, de modo inopinado, va y se me cruza una cosa publicada el otro día en este periódico: la masacre de Las Navas del Madroño.

   Nada más lejos de mi intención que hacer de Zapatero, aquel funesto gobernante que, en su infantiloide afán por ‘vengar’ las muertes de la mitad perdedora de la guerra civil, puso en pie otra vez los odios de la misma, como si en la otra parte no se hubieran cometido desmanes a mansalva, las tenebrosas sacas nocturnas de Madrid, sin ir más lejos, a cargo de los angelitos del Frente Popular, de ametrallamientos múltiples a la triste luz de los camiones, cuyos posteriores tiros de gracia duraban hasta bien avanzada la madrugada. Nada más lejos de mi intención, ya digo. Pero, a decir verdad, lo de Las Navas me quedó absolutamente sobrecogido. Uno tenía conocimiento de aquella masacre y sus circunstancias, pero no tenía idea de su magnitud. Nunca hasta el otro día supe (será porque la historia las escriben los vencedores) que fueron 68 los hombres arrancados de su pueblo, padres de familia muchos de ellos, y fusilados pocas fechas después en Cáceres, algunos de los cuales lo fueran el mismísimo día de Navidad, como si no hubiera más días en el calendario: “Mataron a toda la juventud del pueblo, los muy cabrones”, le diría un lugareño a mi hermano, aquella vez que anduvo por allí trabajando en la peona, lo que viene a dar la razón a don Manuel Fraga, cuando dijo que hace falta que pase un siglo para que se curen las heridas de una guerra civil. Lo de Las Navas, un suponer.

    

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