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Los papeles de Panamá


    ¿Que yo también he incurrido en los ‘infames papeles’ (Almodóvar dixit) de Panamá? Vamos anda. Mi fidelidad al gran Cela es tal (ya saben: “cuando en un sitio huele mucho a algo, el secreto no es oler más fuerte, sino oler a otra cosa”), que la única licencia que me he permitido es usar dichos papeles como reclamo publicitario. Huele que apesta por doquier a los paradisíacos papeles panameños; huyamos pues de ellos como de la peste y vayamos sin demora a los dignísimos folios de Panamá, del Canal de Panamá, de su gigantesca y asombrosa ampliación, o sea.

    Dentro de un par de meses y pico, será noticia: con permiso de la autoridad competente y si el tiempo no lo impide, tendrá lugar la inauguración oficial de la ampliación del Canal, una de las obras más grandiosas de la ingeniería civil de todos los tiempos. O sea, que yo lo único que hago es adelantarme a los acontecimientos. Si ya de por sí la construcción, un siglo ha, de dicha vía entre dos océanos fue un formidable hito de la ingeniería (ahorraba tener que bajar hasta el cabo de Hornos, o el estrecho de Magallanes, casi nada), lo actual supera con creces todo lo imaginable. Es que estamos hablando del agrandamiento de la brecha de comunicación entre el Pacífico y el Atlántico, y no tanto por la diferencia de nivel entre ambos océanos (20 cm más bajo el segundo, además de las mareas, más intensas en el primero), sino porque los barcos, de inconcebible tonelaje, han de subir y bajar un desnivel de 20 m.

  He pronunciado la palabra ingeniería, sí, pues que son los ingenieros, los de verdad, los artífices (responsables dicen los analfabetos) de semejante hazaña, que nada tienen que ver con los tramposos ‘ingenieros’ de la economía, que se inventan una suerte de ingeniería que sólo sirve para engañar, ocultar, falsear, cuando no para defraudar, las cuentas: la ingeniería financiera, anda ya, lo cual se me antoja un oxímoron (al diccionario), se pongan como se pongan los chulitos y sublimes autores del invento. Cuando hablo de ingenieros, incluyo, claro es, a todos los hombres de ciencia cuyos saberes han sido menester: arquitectos, geólogos, geógrafos, oceanógrafos y por ahí seguido, sin quitar un ápice de importancia a todos y cada uno de los que han intervenido en el prodigio, sin olvidar al del botijo, por supuesto, que esos señores precisarán beber de vez en cuando.

  Y aquí viene la otra parte: ¿ustedes conocen los nombres de los ingenieros que han puesto en pie semejante ‘monumento’? Yo no, al menos. Sin embargo, es público y notorio el nombre del presidente de la empresa, española por cierto, que ha liderado tan magna empresa. Así se escribe la historia. ¿Que sin dinero no vamos a ninguna parte? Hombre, claro. Pero cuando usted visita el Vaticano no le cuentan quién administró los dineros de la obra, pero sí le dicen que la grandiosa cúpula es obra de Miguel Ángel.

  He ahí mi indignación con los medios de comunicación. Todo empezó el día que un tal Mario Conde fuera convertido en el apóstol a seguir por los jóvenes españoles ávidos de gloria. ¿Decía usted algo?

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