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El AVE y la torre Eiffel

                                       

   Ustedes saben de mi fascinación por las grandes obras de ingeniería. De ahí mi alegría y contento cuando me enteré que el padre de Neruda, a los puentes no les llamaba puentes, les llamaba obras de arte. Con un par. O cuando me encontré con la elegía que el paisano de Joaquín Sabina (¡Princesa de Asturias, ya!), de Antonio Muñoz Molina hablo, dedica, “La noche de los tiempos”, a uno de los puentes que enlazan Nueva York con el mundo. Siguiendo por ahí, les recuerdo mi artículo titulado “Me gusta pagar impuestos”, tal es la dignificación personal que me invade cada vez que atravieso los grandiosos puentes de las autovías que atraviesan el Tajo y el Almonte (los cuatro: los que van a Salamanca y los que van a Madrid, tanto da), en uno de los cuales fue utilizada una novísima técnica de construcción, cuya maqueta puede verse en las inmediaciones del lugar.
  Pues bien, fue el caso que el otro día me acerqué a las inmediaciones de los viaductos sobre los mentados ríos, por los que algún día es posible que circulen los trenes, que eso es lo de menos, como a continuación se verá. Se trata de sendas maravillas arquitectónicas en cuya ejecución se han empleado las últimas innovaciones técnico-científicas. Es tal la magnificencia de sendas máquinas (léase el soneto de Cervantes: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza”), que los medios de comunicación, no sólo regionales, los nacionales también, saltando por encima de las miserias cotidianas que les son tan propias, que ya es saltar, les han dedicado su tiempo y su espacio. No es para menos: el arco sobre el Almonte es el más grande del mundo en su género, en lo que a vías férreas respecta.
   Y aquí viene lo bueno.
   Anteayer mismo, se presentó Rajoy en Andalucía con otra pila de millones para los AVEs Sevilla-Malaga y Sevilla-Granada. Asimismo, se habló de las inversiones para el AVE a Galicia. Nada se dijo, empero, del AVE que desde mediados de la pasada centuria se viene gestando en Extremadura. Y claro es, ha habido extremeños que se han disgustado mucho, una vez más. Y aquí viene lo de la insaciabilidad. Es que la gente no se conforma con nada. Me explico: nos han hecho unos puentes que son la admiración del mundo entero, y no conforme con ello, ¡encima quieren que pasen los trenes por encima! ¡Pero hombre! Esto me recuerda a la película “Amanece que no es poco”, esa obra de culto. Comoquiera que el hijo se doliese de la ausencia de su madre muerta, va el padre y le dice: “Si ya tienes el sidecar, ¿para qué quieres a tu madre”. ¡Alma de cántaro! ¡Pues lo mismo con los puentes del AVE! Si ya tenemos unos prodigiosos viaductos, ¿para qué necesitamos los trenes? ¿Acaso alguien ha visto pasar un tren por la torre Eiffel? Ni tan siquiera un helicóptero se ha dignado posarse sobre tan grandioso como inservible monumento.
  Oiga, que lo que usted acaba de hacer es humor negro.
   Negro o blanco, yo me he limitado a seguir los consejos de Eduardo Mendoza, que el otro día, cuando lo del “Cervantes”, no hizo otra cosa que reivindicar la excelencia del humor en la escritura. (A ver si acaso cae un “Cervantillo”.)  



    

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