Sin palabras (nuevas) sobre la masacre de Mánchester. Digan lo que digan, hagan lo que
hagan, mientras que una religión premie con el paraíso a los asesinos suicidas, no habrá solución
posible (observen la diferencia: según el catecismo escolar, nuestros inofensivos suicidas iban
directamente al infierno, que sólo Dios daba y quitaba la vida). Sin palabras, pues. Bueno, salvo la
que acaba de usar Donald Trump: perdedores. "No les voy a llamar monstruos, porque a ellos les
gustaría esa palabra. Les llamaré perdedores (losers), que eso es lo que son". Qué crueldad,
señor Donald. Me imagino el terrible disgusto que tendrán los guerreros del ISIS, o del DAESH, o
como se diga. Llorando a moco tendido tienen que andar, abrazados al kalashnikov, los pobres.
Aunque me da como la sensación de que el marido de la imponente Melania lo que ha querido
decir, según averiguo en un diccionario gordo de inglés, es que son unos derrotados, o vencidos o
algo por el estilo. Sin embargo, mis primos los periodistas se han agarrado a la palabra de moda:
perdedores. Lo cual que al que le dan ganas de llorar es a mí, pues que el vocablo me provoca
irritación, asco, indignación.
"¡Quiero el español de mi madre!", impetraba Juan Ramón, ya viejo, en su exilio puertorriqueño.
Lo mismo digo yo. Jamás de los jamases escuché en mis primeros cincuenta años de vida "ése es
un perdedor". ¿Que cómo se decía? ¡Fracasado. Ése es un fracasado! O perdido: ése es un
perdido. Hasta que un mal día me encuentro al perdedor en una entrevista a mi admirado Manuel
Vicent. De haber sido otro, no le hubiese vuelto a mirar a la cara. Y añadió una majadería supina:
que es más bella la estética del perdedor que la del ganador. Imagino que lo que quiso decir es
que el fracasado da más juego literario; como si la vida del triunfador tuviese que ser por fuerza un
jardín de rosas. Un perdedor, horror, es, por lo general (no hablamos de desgracias), una persona
de escasa mollera, que ya lo dijo Cela: "No creo en los genios anónimos", y a un tío torpe es más
difícil encontrarle la gracia que a un tío listo, maestro Vicent.
Total, que se ha puesto de moda lo del perdedor. No hay libro reciente (o película imbécil) donde
no aparezca, momento en que yo me pongo a blasfemar como un poseso. Tan de moda está, ya
digo, que hasta el ínclito Sabina ha sido incapaz de sustraerse: "Si quieres un maldito perdedor/
que humille y que malquiera/ ponme un pisito y yo seré el peor/ cabrón de tu escalera". "Cuenta
conmigo" se llama la canción, a medias con Serrat. ¿Que si blasfemé contra Joaquín? Hombre,
blasfemar, lo que se dice blasfemar,... Pero si en su momento me lo hubiera echado a la cara, le
habría espetado: "Tú tienes recursos de sobra para buscarle una rima a la palabra fracasado. Lo
de perdedor es una jilipollez, que un día venidero te copiará un presidente de los EEUU, que, para
más inri, denigrará a los ´mejicanos` como tú, y como yo".
Ya sé que no soy Juan Ramón, no hace falta que me lo recuerden. Pero, como a él, me fastidia
(con jota) mucho que maltraten el español de mi madre.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...