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De becarios y consortes

Lanzado iba yo el otro día, henchido de ira bíblica, o coránica, tanto da, escribiendo indignado sobre/
contra el uso baboso, abusivo, impropio, inapropiado, de la palabra becario. Y no es para menos.
Digan lo que digan los periodistas y Jordi Cruz, el cocinero, perdón, restaurador, que ha puesto al
personal en pie de guerra, becarios éramos, de toda la vida, y a mucha honra, los muchachos que
estudiábamos con beca. Y digo a mucha honra porque, aparte de que en algún colegio las monjas
tratasen a las becarias como las parientes pobres que eran, que de familias pobres éramos todos
los becarios, en aquellos tiempos había que sacar nota media de notable, como mínimo, para
seguir estudiando (más de uno vi volver a casa llorando su suerte), lo cual nos convertía, siquiera
por necesidad, en buenos estudiantes, cuando no los mejores. Pues mira por dónde, desde que a
una muchacha norteamericana llamada Mónica le diera por meterse bajo la mesa del presidente
Clinton, con la sana intención de buscar el capuchón perdido de un bolígrafo, desde entonces,
decía, se puso de moda la palabra becaria, y ahora todo el mundo es becario, ya sea el aprendiz
de toda la vida ("en pocos días me convertí en su aprendiz predilecto", dice el protagonista de la
última novela del orfebre Landero, becario que era en una peluquería, que el Señor me fulmine
con un rayo), ya sea cualquier joven en periodo de prácticas o aprendizaje. En resumidas cuentas,
que a mí me la trae floja que los becarios (Señor, mándame ya el rayo) cobren o no cobren. A mí
lo único que me interesa es que la palabra becario vuelva a sus verdaderos propietarios: los
estudiantes que hicimos carrera gracias a la beca (la beca-salario, creada por un ministro
franquista, ya fue la releche).
Echando espumarajos iba yo, ya digo, cuando en esto que Europa toda contiene la respiración,
pendiente de un comunicado de Buckingham Palace. Al fin, la brutal, impactante, sorprendente
noticia: a sus noventa y cinco años, el duque de Edimburgo, marido de la reina Isabel II, se retira
de la vida oficial. Paralizado me quedé ante el teclado. Mas, una vez repuesto, la noticia me sirve
para glosar de nuevo el asunto de los consortes reales. Me explico: ¿por qué el consorte de la
reina británica no es rey y sí lo es la consorte del rey de España? Yo no tengo nada en contra de
doña Letizia; todo lo contrario (¡que no se entere Jaime Peñafiel!). Es más: me cae mucho mejor
que la hierática reina que fulminase con la mirada a J. M. Iñigo cuando le preguntó si al menos
sabía freír un huevo ("allí acabó la entrevista", comentaría el periodista). Pero, aunque sea tirar
piedras contra mi propia familia (estoy preparando/educando a mi nieto Álvaro Ortiz para casarlo
con la hija mayor de Letizia Ortiz), opino que el consorte del rey no tendría por qué ser rey. Como
Felipe de Edimburgo. Como mi nieto en su día.
(Post scriptum: me acabo de enterar de que el insigne ex recluso, José Fernando Ortega, ha sido
padre. No sé cómo habrá hecho para ver a su hija: tiene orden de alejamiento de Michu, la feliz
mamá. Mis efusivas gracias, una vez más, a TVE).

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