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OTEGI Y EL IMÁN

                                               
    Cuando un pistolero de la eta puso de rodillas, maniatado a la espalda, a Miguel Ángel Blanco, y con toda la vesania del mundo, conditio sine qua non, le descerrajó la pistola en la nuca, escribí en estas páginas una cosa titulada “Si yo fuera vasco”, en la que venía a decir que si yo hubiera nacido en aquella hermosa tierra, habría sentido una vergüenza inmensa porque un hecho tan ignominioso, tan atroz, hubiese sido perpetrado por un paisano mío. Yo me refería, claro está, a los vascos de bien, la inmensa mayoría. ¿O es que, salvando las insalvables distancias, no siguen avergonzándose de los campos de exterminio los alemanes de bien? Sucedió empero que algún buen convecino vasco no entendió mi mensaje y, sorprendentemente, se lo tomó como una ofensa. Traigo esto a colación, porque “si yo fuera catalán”, de los de bien, claro, llevaría una semana sin salir de casa: tal sería la vergüenza que me embargaría. ¿Por qué? Por lo de Otegi.
   Que un señor, que aún sigue perteneciendo a la banda terrorista que un día pusiera una bomba en un hipermercado de Barcelona, con el horrendo saldo de 21 cadáveres (54 muertos y 244 heridos en toda Cataluña), sea tratado como una figura estelar por las mesnadas independentistas, me parece algo tan sin sentido, tan bochornoso, tan nauseabundo, que, ya digo, se me caería la cara de vergüenza. ¿Se imaginan que, dentro de unos años, muerto el imán instigador de la masacre de las Ramblas, fuese aclamado el imán de turno por la multitud? Justamente eso es lo que los descerebrados independentistas hicieron el otro día con Arnaldo. A tal grado de locura ha llegado una parte de la sociedad catalana.        
  Lo de Otegi sería, sí, la ‘anécdota’ dramática del problema, a la cual no se habría llegado nunca, si no hubiera acontecido la ‘anécdota’ cómica previa. A saber: que en el Senado (cámara que sólo sirve para gastar cinco mil millones al año), un día fuese menester el uso de traductores para que los asistentes pudiesen entender a un catalán nacido en Iznájar, Córdoba: el pobre Montilla. Sí, ya sé que esto lo tengo escrito varias veces, pero es que a mí no hay quien me quite de la cabeza que aquella consentida soplapollez, mamarrachada, majadería, idiotez, imbecilidad, es parte del caldo de cultivo que ha acabado desembocando en el envenenamiento, enconamiento, encanallamiento presente. “Un día empiezas matando viejecitos y acabas dejando de ir a misa”, dijo alguien, de cuyo nombre no puedo acordarme. Pues eso es lo que ha pasado en Cataluña, pero el revés: empiezas multando a los comerciantes que rotulan el género en castellano, y acabas aclamando al jefe actual de la banda que un día perpetrase la masacre de Hipercor, hay que joderse y agarrarse para no caerse.

  Ortega (no me refiero, por tanto, al viudo de Rocío) dijo que lo de Cataluña no tiene solución, que tendríamos que acostumbrarnos a vivir con el problema. Pero no predijo lo peor. Lo peor lo ha tenido que decir otro José, aunque no tan listo: “Antes de que se rompa España, se romperá Cataluña” (Aznar). Ésa y no otra es la parte más lacerante/sangrante del asunto: la ruptura de la convivencia, con o sin referéndum. El que viva lo ha de ver. 

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