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EL FASCISTA SERRAT

                                         
   Esta noche (escribo el sábado por la mañana) iré al teatro romano de Mérida. ¿A ver una de esas obras antiguas que sólo se salvan por la fastuosidad del lugar, prestigiado además por la luna, que cada noche se asoma sin pagar? Calla, mujer. Voy a ver a Sabina. Sí, mujer, sí: al primo de ese redomado fascista llamado Juan Manuel Serrat (“Mi primo el Nano”, le canta), tal que le han motejado algunos cretinos, por haber puesto en duda la legitimidad del referéndum que pretende separar a Cataluña de España. Es que hay que joderse y agarrarse para no caerse (Umbral). Hay que padecer una “disonancia cognitiva” supina para llamarle fascista a Serrat, oiga, a Serrat, al tío que, blandiendo su guitarra y su voz, letales armas donde las haya, tuvo los santos bemoles de enfrentarse al gobierno de Franco, oiga, Francisco Franco, 1968, trigésimo segundo Año Triunfal: “Que han llamado a Massiel para lo de Eurovisión, que Serrat se ha negado si no le dejan cantar en catalán”. Massiel ganaría el evento. Y Serrat sufriría un largo boicot en la radio y televisión públicas. (Aquí, entre nosotros: visto con la perspectiva de hoy, y visto lo que está cayendo en el nordeste, tal vez nos habría ido mejor si la dictadura hubiese permitido a aquel muchacho cantar en catalán, no sé si entienden lo que quiero decir.) El fascista Serrat, en fin, el mismo que estuviera exiliado un año enterito en Méjico por reprobar los fusilamientos del 74.
   No contento con lo anterior, años después, armado de las mismas escopetas, o sea, su voz y su guitarra, y con los mismos bemoles de antaño, se atrevió a criticar a otra hermanita de la caridad, Augusto Pinochet: “Usted no puede entrar en Chile”. He ahí de nuevo el fascista Serrat.   
  Eso por una parte.
  Vayamos con la otra. Difícil, si no imposible, sería encontrar a un artista que haya dado al mundo de habla hispana, y catalana (500 millones de personas no son ninguna tontería) una obra tan inmensa, tan fabulosa, tan bella como la de Serrat. Sólo con eso, ya sería suficiente para perdonarle alguna tontería, tal que hacemos con Sabina (ego te absolvo, Joaquín), un suponer, sus risas con Fidel Castro, tan amigo que fuera de fusilar enemigos. Pero es que a este tío, me refiero a Serrat, no hay por dónde cogerlo. Jamás ha dicho una palabra sin fundamento. En resumidas cuentas, no conozco en el mundo de los artistas a una persona más sensata, más coherente, más sencilla que Serrat. Y más honrada: “Yo pago todos mis impuestos en España”. Pues bien, los locos de “disonancia” van y le llaman fascista, mal rayo les parta.

   Y hablando de rayos. Es tal la indignación que me embarga, que ganas me dan de hacerme judío. Es que si yo fuese judío, es decir, de los del Antiguo Testamento (el Dios de los cristianos es un buenazo), ahora mismo le pediría a Yavhé con todas mis fuerzas que soltase un chorro de fuego y azufre, como en Sodoma y Gomorra, sobre las cabezas de los que han llamado fascista a Serrat. Seguro estoy de que algo caería. (Me lo voy a pensar. Einstein era de familia judía y no le fue muy mal del todo.)   

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