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EL ECLIPSE

        EL ECLIPSE

                                                   Agapito Gómez Villa
 


   Tengo una pena 'mu' grande: no ser un comentarista de los que escriben/hablan, ¡a diario!, sobre la cosa política, sin suicidarse ni nada. Es que, la otra noche, hasta los cielos fueron propicios para el menester. Mucho más que la "coincidencia planetaria" que viese Leire Pajín, aquella María Zambrano que fuera ministra del Richelieu que hubimos: "Obama en la Casa Blanca, Zapatero en La Moncloa". La otra noche, la luna se tiñó de rojo. ¿Y eso qué tiene que ver con la política? ¡Alma de cántaro!: ¡de rojo, de rojo! Ahhh, claro. Pero hombre, si cuando los 'frigolitos', aquellos pedruscos de hielo que en tiempos cayeran de los cielos, hubo algún columnista que, retorciéndole el pescuezo a tan raro fenómeno atmosférico, se dio maña de amañarlos a la actualidad política de cuando entonces. Ítem más: en Marte, el planeta rojo, que de rojo no tiene 'na', acaba de ser descubierto un lago subterráneo de agua. No me digan que la noticia no viene pintiparada para el momento presente: "Al tiempo que en Marte se descubre agua, España hace aguas por todas partes". ¿A que 'sos' ha gustao la ocurrencia? Os la ofrezco, gratis et amore, a todos los que vivís de la cosa.
   En fin, que como uno no está capacitado para escribir siempre de lo mismo, o sea, de la política y sus protagonistas (personajes de tercera, según el gran Camilón, el mayor genio de las letras contemporáneas), no me queda más remedio que refugiarme en temas menores, el eclipse de la otra noche, sin ir más lejos, bellísima palabra inventada por mis hermanos los griegos, ("llamándose Agapito, es usted griego", me dijeron), para no tener que decir ´desaparición', que es que no hay color (mis condolencias ante tan horrenda tragedia de fuego), Por cierto, el primero que predijo un eclipse (de sol) fue uno de mis egregios antepasados, Tales de Mileto, que no sólo se dedicaba a inventar teoremas. Sigamos con el tema menor.
  "Pero, ¡qué maravilla es haber estado en Ulan Bator! Mucho más para mí, que vivo en los bellos nombres... Deseo que cuando me muera, me entierren en un nombre...", dice Neruda, inmenso poeta cuya obra está escrita en la lengua que hablamos las "bestias salvajes", va por ti, Quim Txorra, luminosa lumbrera. Pues bien, desde estas páginas, declaro solemnemente que, cuando me llegue la hora, me entierren en la palabra eclipse. Y así mataremos dos pájaros de un chinatazo (con un tirachinas): vivir para siempre en la más bella palabra de nuestro idioma (¿hay alguna que lo sea más), que, a mayor abundamiento, significa desaparición, que no otra cosa hacemos cuando nos morimos. Tampoco me importaría que me enterrasen en la palabra clepsidra, y así, aunque hecho un ovillo eviterno, tendría la compañía permanente de otro de mis ilustres antepasados, Empédocles, el sabio de Agrigento, que se sirvió del cotidiano utensilio, la clepsidra, para demostrar la corporeidad del aire.
  Y volviendo a Marte: me da a mí que se va a salir con las suyas Paul Davies: el hombre está convencido de que, en habiendo agua, tiene que existir vida primigenia en el planeta vecino. Y que, asimismo, sería mucha casualidad que un fenómeno tan excepcional, tan 'imposible', como la vida, haya aparecido por separado en dos planetas del mismo sistema estelar. Ustedes mismos.
 

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