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QUEVEDO Y FRANCO

  QUEVEDO Y FRANCO

     Agapito Gómez Villa


   Hoy tenía pensado hablarles de Quevedo y Cataluña (¡"abominó del problema catalán"!), o sea, que el asunto viene de lejos. Pero al final, la actualidad manda, se me ha cruzado Franco, sus restos más bien, a punto de ser exhumados, que a mí me suena como a darles un oreo para que se les quite el olor a humo: no me extraña nada que aún conserven cierta impregnación, del mucho incienso que le aplicaron. A lo mejor es por eso, por la moderación en el manejo del incienso, por lo que en mi pueblo jamás he escuchado yo a nadie esa expresión, exhumar los restos, cuando han removido los huesos de alguien, ni siquiera a los sepultureros.
   Total, que quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos, lugar de enterramiento no elegido por él, precisamente. Pero por muchas vueltas que le den, no lo van a conseguir. ¿Que por qué? Muy sencillo: porque allí no está Franco; allí lo que hay es un puñado de huesos ancianos. ¿Y ustedes creen que merece la pena montar la que han montado por una osamenta decrépita? Vamos anda. Si hasta el cráneo lo tenía gibarizado por la osteoporosis senil. La cosa tendría su aquel si, como el de Lenin, su cadáver hubiese estado expuesto a la 'adoración' del pueblo. Pero no. Salvo que aparezca momificado, yo sé lo que se van a encontrar, y la decepción que se van a llevar: no hay nada más patético que una caja de huesos y más si la calavera conserva algunos cabellos ralos. O sea, que va a tener razón Alfonso Guerra cuando dice que no le gusta pelearse con fantasmas del pasado, cosa que a algunos parece que les pone, ya me entienden, que se conoce que está de moda llamarle asesino, el último, Antonio Lucas, un muchacho cultivado y talentoso que el otro día, como siguiendo la estela de mi admirado y envenenado Vicent, decía que Franco fue "un asesino bajo palio". En lo de llamarle asesino, allá cada cual; ahora bien, lo del palio lo entiendo a la perfección. Me explico: si yo hubiese sido obispo por aquel entonces, y sabiendo que los otros venían matando, a modo y semejanza de Stalin, a todo cura, monja y seminarista que se iban encontrando (varios miles se cepillaron), no sólo lo hubiese llevado bajo palio: le hubiese cedido la mitra y el báculo, además de los ropajes talares, y le habría dejado que celebrase él mismo la misa. Ah, y le hubiera hecho el saludo fascista con los dos brazos.
  En fin, que los huesos de Franco podrán desalojarlos de la basílica, pero ¿y después, qué? Después, nada: Franco seguirá en la historia, en la que para algunos continuará siendo un asesino y para otros un salvador de la patria, al que más de uno querría canonizar. ¿Qué se habrá conseguido removiendo sus huesos? Ustedes mismos. A cuento de qué todo este lío. Vaya usted a saber. Sólo con un "odio africano" podría explicarse un hecho semejante, pero ya no queda: el odio 'corriente' se puede trasmitir de padres a hijos, pero el "odio africano" muere con el individuo. Y ya no vive nadie de cuando entonces. A no ser que, llevados por la ignorancia, hayan confundido africano con africanista: en su tiempo, Franco fue un brillante militar africanista.

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