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VILLAREJO Y RUFIÁN


Voy a tener que hacer, perdón por la comparación, lo que hacía Vargas Llosa cuando de joven viviera en París: de la cama a la escritura. Claro que para eso necesitaría a la tía Julia, viuda de un hermano de su madre: su primera esposa. Por lo visto, era ella la que le mandaba ponerse a escribir sin dejarle ojear/hojear siquiera los periódicos: para que su cabeza no se dispersara y continuase todo derecho lo del día anterior.
    Resulta que yo tenía pensado volver a la carga con ‘mi hombre’, Gabriel Rufián, a propósito de su justa expulsión del césped parlamentario, luego de dos tarjetas amarillas, y decirle que me lo ha puesto muy difícil en lo que respecta al premio Nobel de la Paz que no ha mucho pedí para él. Asimismo, tenía pensado decirle que, no obstante lo cual, no pierdo la esperanza de que al menos le sea concedido el Príncesa de Asturias de la Concordia. ¿Que no? El tiempo, como siempre, acabará dándome la razón: Gabriel es el prototipo del “pequeño salvaje” roussoniano, que nació bueno; y que ha sido el influjo deletéreo de la sociedad el que lo ha convertido en un gamberro de molde. A quién se le ocurre llevar al Parlamento a un muchacho dotado para ser un honrado yesista (a destajo), o bien un prudente transportista a los mandos de un trailer, de esos que llevan escrito en la parte trasera “veiculo longo”. De eso tenía pensado hablar, ya digo, adornándome además con un ‘cariñoso’ tirón de orejas a Juan Jacobo Rousseau, que de la condición humana sabía casi tanto como yo de economía.
   Pero mira tú por dónde, cuando ya estaba lanzado, me dio por desobedecer a mi tía Julia ‘interior’ y le eché una ojeada al HOY: “Villarejo, a cara descubierta ante la justicia”. En mala hora lo hiciera. Es que Villarejo es otro personaje que me tiene fascinado. Y claro, me fui tras él como un poseso. Preguntéle un día a mi compadre si no se le había ocurrido tener en cuenta los andares a la hora de seleccionar al personal laboral. Está claro, le decía yo: no se puede ser torero si no se tienen andares de torero. Ítem más: ¿acaso se parecen en algo los andares de un militar y un sacerdote? Otrosí: ¿se puede ser modelo con los andares de Carla Suárez? Lo dudo. Por ahí va la cosa: cómo es posible que Villarejo haya podido llegar a ser el policía/espía más poderoso de España con ese andar de cobrador de recibos a domicilio que gasta (Cela dixit). Acostumbrado que está uno a la apostura de los espías cinematográficos, cada vez que veo a Villarejo braceando de esa manera, se me vienen abajo todas las estructuras. ¿Se imaginan a un espía de “El tercer hombre”, obra maestra del género, protagonizada por el gran Orson Welles, andando como Villarejo por las frías calles de Viena? Vamos anda.
   Hablando de toreros y de OW: ¿creen ustedes que el genial director americano hubiese sido rendido admirador de Curro Romero si éste hubiera hecho el paseíllo con los andares de Villarejo? Calla, mujer. Y ya por último: ¿lo hubiesen metido preso si en vez de andar como un cobrador presuroso, lo hiciese como lo hacen los espías de verdad? No me lo creo. Lástima que ya no viva Alfredo Landa: hubiera bordado el personaje.  



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