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LA MEDALLA DE LA ONCE


    No corren buenos tiempos para la lírica; no obstante, me gustaría romper una lanza en favor del doctor Fernando Simón, el hombre que, hasta su positividad ‘coronaria’ (espero que se haya quedado en el susto), era el encargado de informarnos, con voz firme y claridad ecuatorial, perdón, meridiana, acerca de la mansedumbre de la epidemia: “España no va a tener más de algún caso diagnosticado”, afirmó, cuando ya Italia apuntaba maneras y China no digamos. Persona bien formada en lo suyo, las Enfermedades Infecciosas, ha sido tal su desacierto/desconcierto, que, a la luz de la razón, no hay manera de explicar las enormes diferencias entre sus predicciones y los números venideros: hoy superamos los 160.000 contagiados, confirmados, y ya sobrepasamos los 16.000 muertos. No hay manera, ya digo: salvo que apelemos a una enfermedad: una pérdida transitoria de la visión, una “amaurosis fugax” cerebral. No encuentro otra razón basada en la lógica: “nuestra instancia suprema”, que dijera Heiddeger.
    Pues bien, dada su impagable labor, como ciego, aunque transitorio, que ha sido, pido para don Fernando la medalla de oro y brillantes de la ONCE, condecoración que añadirá a la Encomienda de la Orden Civil de Sanidad, de la que está en posesión.
    Dicho lo cual, ahora se entienden muchas cosas.
    Malas lenguas afirman que el 8-M fue una bomba biológica lanzada sobre Madrid, lo que explicaría que la capital sea uno de los epicentros mundiales de la pandemia, con su descomunal número de muertos y contagiados, regados que han sido por toda España, mi pueblo incluido. Se dice que, por nada del mundo, debiera haber sido autorizada tan magna concentración. Y culpan de ello, claro es, al gobierno de la nación, Pedro Pablo a la cabeza, que es el que tenía la llave de la prohibición. Pues bien, yo en su lugar, huero que es de conocimientos científicos (y de los otros), si me dice un profesor de la Escuela Nacional de Sanidad, y asesor, para más inri, del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades, que él no prohibiría a su hijo acudir a la manifestación, ¡yo también hubiese mandado a mi mujer! ¿Que la OMS había advertido reiteradamente de la peligrosidad de las multitudinarias concentraciones? “Tú hazme caso, que a los de la OMS los conozco yo muy bien, que cuando la gripe A formaron un cisco/circo monumental que luego se quedó en nada”.
   Todo lo demás “nos ha sido dado por añadidura”, que dicen las Escrituras. Válgame el cielo que yo pretenda defender a Pedro Pablo (cuando Alfonso Guerra llamó tahúr del Mississipi al buenazo de Suárez, yo sé en quién estaba pensando), pero estoy seguro de que aquellos polvos, con perdón -“algún caso diagnosticado”-, nos han traído estos lodos, a saber: el país del mundo con más muertos por millón de habitantes y el país con más sanitarios contagiados, ay.
  Marchando la medalla de la ONCE.
  


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