Si hay un escritor al que le viene como anillo al dedo lo de Julián Marías, “la calidad de página”; o lo de Roland Barthes “la belleza del texto”, es a Luis Landero. Dicho de otra manera: un libro de Landero se puede abrir por cualquier página, y siempre te quedarás atrapado por la escritura tan bella, tan pulcra, tan ‘perfecta’, de este hombre. Pues bien, enfrascado que estaba en la lectura de “La vida negociable”, de repente, me doy de bruces con lo siguiente: “Nadie llegaría nunca a castigar su crimen?”, en boca del hijo adolescente de la autora del delito. ¿Tu quoque, fili mi? ¿Tú también, Luis?, me digo, cual César, acuchillado, a Bruto. De toda la vida, un criminal era eso, un criminal. ¿Que a quién había matado la buena mujer? A nadie. De ahí mi estupefacción. El crimen de la señora consistía en acudir dos veces por semana a la consulta de un psiquiatra que no era psiquiatra, sino un profesor de piano con el que estaba liada. Lo cual que no arrojé el libro a la piscina (seguí hasta el final), como hacía Umbral en semejantes ocasiones, no sólo porque no tengo piscina, sino porque Luis Landero es uno de los escritores que admiro sobremanera. Del mismo modo que no arrojé a las aguas uno de Cela en el que dice ‘la doceava hija’, en lugar de la decimosegunda; ni otro de Vargas Llosa en el que escribe “encima suya”, horror. El mejor escribiente echa un borrón (Cela dice otra cosa más escatológica), y nunca mejor dicho lo de mejor escribiente: Landero, Cela y Mario son extraordinarios ‘escribientes’. Marchando el Cervantes para Luis.
Es que me indigna mucho que por culpa de la indigencia idiomática de los profesionales de los medios de comunicación (por ahí empieza todo), la lengua castellana esté siendo continuamente ‘putrefaccionada’ por una lengua foránea, más fuerte, pero más precaria, el inglés, claro; ¡putrefacción que ha llegado incluso al mundo de la judicatura! Si los anglohablantes le llaman crimen a todo tipo de delitos, allá ellos con sus miserias. Y mucho más desde que me he enterado por Manuel Vilas, “América”, que el español es un idioma menospreciado, por no decir despreciado, por los americanos del norte, esa manada de analfabetos.
Ah, cuánto daría yo por tener de testigos al gran Borges, o al grandioso García Márquez, políglotas ambos: “No concibo una lengua más rica, más bella, más brillante (radiante) que la lengua castellana (sic)”. Donde Borges dice brillante, Gabo dice radiante. Pues bien, esa lengua está siendo degradada, empobrecida, ‘humillada’ a diario, por culpa de la incuria verbal de muchos. Tiempo ha, 1991, decía yo en estas páginas: “dentro de poco, el muchacho que rompa el cristal de un coche para robar el radiocasete será calificado como criminal”. Ese día ya ha llegado.
(Ahora resulta que la reciente nevada fue una tormenta de nieve. ¿Para qué tenemos la palabra tempestad, so bobos? Pa matarlos)
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...