“Portugal se confinará de forma estricta durante un mes” (HOY). ¿Se acuerdan ustedes de cuando en la primera oleada, España pisándole los talones funerarios a Italia, nos hacíamos cruces perplejas sobre la envidiable relación de nuestros hermanos portugueses con el coronavirus? Pues bien, el secreto de aquello lo descubrió un médico del Universitario de Badajoz, que, tal que hicieran Watson y Crick con el ADN, cuyo descubrimiento anunciaron en un bar de Cambridge, “The Eagle”, nuestro doctor hizo lo propio en otro bar, el del hospital: “El virus se detiene al llegar a la frontera de Caya”. Pues bien, a lo que se ve, en algún momento el virus le debió perder el miedo a la raya -¿una mutación?- y comenzó a circular como Pedro por su casa. No hay otra explicación posible.
Perdonen ustedes el sarcasmo en un tema tan dramático (trágico en demasiadas ocasiones), pero me parece la manera más sencilla de decir que las autoridades sanitarias y no sanitarias no tienen mucho que hacer en tan grave asunto, ni siquiera ese par de genios inmarcesibles: Illa y Simón. Ustedes creen que si hubiese una fórmula milagrosa, habrían llegado a los extremos en que se encuentran dos países punteros del orbe: Alemania y Reino Unido (teniendo de presidente un tronco con abrigo, de los EEUU se podía esperar cualquier cosa).
En dos palabras: que el llanto va por barrios.
Primero lloraron los italianos (los chinos parece que no lloran), después lloramos nosotros, y detrás vendrían los americanos del norte (hasta las cejas, EEUU y Méjico), y los del sur (proporciones bíblicas en el Perú), y los rumanos, los belgas, ¡los británicos!, atestados hoy de virus hasta los pelos revueltos de Boris Jonson… Cuatro países eran la envidia del mundo: Suecia, Francia, Israel y Alemania. Pues bien, ninguno se ha librado de la quema. Israel hubo de decretar, dos semanas ha, un confinamiento estricto; suecos y franceses andan por la mitad de la tabla, y los germanos, ejemplo de país ordenado y desarrollado, están saliendo a más de mil muertos diarios. Ver para creer.
Y hete aquí que llegó un momento en que los gobiernos del mundo todo se encontraron ante un peliagudo dilema: si decretamos confinamiento duro, vamos a la ruina más absoluta; si no tomamos ninguna medida, acabaremos poniendo literas hasta en las UCIs. ¡Pero algo habrá que hacer! La solución estaba como siempre en Aristóteles: “En el término medio está la virtud”. Por ahí justamente han tirado casi todos los gobiernos: ¡confinamiento blando! Y en ésas andamos. Ni que decir tiene que, para llegar a esta conclusión, no me ha hecho falta volver a Salamanca. Sólo he tenido que mirar a mi alrededor.
¿Que cuál es la solución definitiva?: la vacunación a destajo, señor Vara, que una mala tarde la tiene cualquiera. (Marchando el premio Nobel, a todos los investigadores.) Por desgracia, como en todas las guerras, habrá bajas hasta el día del armisticio (léase últimas vacunaciones).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...