Contento me tienen los socios de Pedro Pablo. Deseando nuevas elecciones generales estaba, para votarlos a dos manos (al partido de Echenique, claro), pero después de lo último, que no cuenten conmigo. Es que es muy gorda la afrenta que nos acaban de infligir.
“Podemos y los independentistas presentarán en el Congreso una proposición no de ley para que el castellano deje de ser una lengua impuesta” por la Constitución. Los partidos firmantes instan al Gobierno a impulsar acciones para que lenguas como el catalán, el euskera, el gallego o el valenciano gocen del mismo reconocimiento que el castellano, y que se permita, asimismo, su uso en instituciones nacionales como las Cortes Generales, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional, la Agencia Tributaria o la Seguridad Social y empresas públicas como Radio Televisión Española. Todo eso me parece de perlas: ¿Se imaginan la cantidad de puestos de trabajo que se crearían con las traducciones simultáneas?
En efecto, qué coño es eso de que el castellano sea por ley la lengua oficial de todo el Estado. Firman la propuesta un buen puñado de partidos ¡legales¡, tan legales como el PSOE y el PP. Además de Podemos, detrás están Bildu, ERC, JxCat, PDeCat, la CUP y la PCR (perdón, perdón, que eso es la Proteina C Reactiva, o bien la Reacción en Cadena de la Polimerasa en español, la prueba del Covid, que se me ha ido la pinza). Se pretende, ya digo, el uso en todo el Estado de todas las lenguas cooficiales: catalán, euskera, gallego, valenciano e incluso una que no es ni cooficial en Asturias, el bable.
Alto el carro. Que se olviden del mallorquín, no me parece bien, pero que se acuerden del bable y no lo hagan del castúo, me ha sentado como una patada en la transcavidad de los epiplones (al diccionario). Pase que no incluyan ‘la fabla’, esa bella reliquia a conservar. Pero lo del castúo es absolutamente imperdonable: no sólo denota la incultura de los firmantes, sino que es otra muestra de la preterición que ese hatajo de indocumentados hacen una vez más de Extremadura, respecto del resto de España. Vete tú a hablarles a esos señores, perdón, individuos, de Gabriel y Galán. Seguro que preguntarían: ¿quiénes son esos tíos? Inconcebible es, por otra parte, que, en habiendo tanto inmigrante musulmán en España, perdón, en el Estado Español en general y en Cataluña en particular, no hayan incluido también el árabe, idioma que es hablado además por numerosos ciudadanos de Ceuta y Melilla, cuya nacionalidad es española. Pero, claro, eso sería pedirle peras a Luis del Olmo, o como se diga.
Es tal mi indignación, que me gustaría llamarles sinvergüenzas, pero eso ya lo hizo ayer, por otras razones, Martín Tamayo. Pero, visto lo visto, no me cansaría de llamarles analfabetos, incultos, xenófobos y racistas. Serán cretinos: acordarse del bable y no decir ni una palabra del castúo. Pablo (Echenique), iros olvidando de mi voto.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...