En más de una ocasión, muchas, he leído comentarios, más bien despectivos en relación con su trabajo preministerial, como cajera de un súper: doña Irene, o sea (loor al que principiase de botones en el Banco Central: Umbral, o sea). Pues bien, si yo hubiese sido cajero, me sentiría muy enojado. Qué pasa, ¿que el trabajar de cajera, incapacita para llevar un ministerio? Vamos anda. ¿No será cosa más bien del talento y de la formación? A cuento de qué semejante minusvaloración de dicha profesión. Estoy completamente seguro de que, entre los miles de jóvenes y ‘jóvenas’ que se dedican a esa tarea, hay un buen porcentaje de ellos con el talento y la formación necesarios y suficientes para ser dignísimos ministros/as de Igualdad. E incluso titulares del ministerio que ahora regenta una licenciada en Medicina, doña María Jesús Montero: la mujer que ha descubierto que “el agua y la sal no pueden mezclarse”. ¿No fue acaso un médico, el Che Guevara, presidente del Banco Nacional de Cuba? Maldigo la hora en la que en Salamanca me enseñaron sólo medicina. Con lo buen ministro de Economía que uno hubiese sido (o Consejero del ramo en su defecto).
Décadas ha, traté el mismo asunto en estas páginas, a tenor de un comentario despreciativo, referido a un joven notario: “…su madre era limpiadora de tal institución”. Se pueden imaginar cómo puse al fautor de aquel menosprecio. De “chupa de dómine” p’arriba, expresión ésta que nos retrotrae a los gloriosos y menesterosos tiempos del imperio -“El Lazarillo”, “El Buscón” y por ahí-, época de la que al parecer seguimos siendo deudos: alguien, ahora no recuerdo quién, escribiera página laudatoria acerca de la dignidad y el orgullo que siguen manteniendo los mendigos que piden a la puerta de una iglesia, lo cual me parece de perlas.
Lo que no me parece tan de perlas es que, al cabo de los siglos, continúe viva la costumbre de mostrar más consideración al hidalgo arruinado por sus pecados, ‘nuevo pobre’, que al pobre de nacencia que, esfuerzo y tesón en ristre, consigue una situación de lustre: el llamado ‘nuevo rico’, tan ninguneado/vilipendiado. ¿Que no? Díganme, entonces, para quién fue inventada esta expresión: “Ése es un muerto de hambre”.
Curioso país el nuestro. Ayer mismo me recordaba un paciente, perdón, un paciente lector quería decir, que, allá en mis inicios en este periódico, se me escapó este comentario sobre mi familia: que mi mamá, en su juventud, había jugado a tenis con Ferrer Salat, el que fuera célebre presidente de la patronal (a mi papá le tiraba más la equitación). Chuzos de punta me cayeron: presumido, altivo, chulo, de todo. En mala hora lo dijera. Lo cual que, para hacerme perdonar aquello, me inventé que había trabajado dos veranos de peón de albañil y cinco de camarero. Incluso hube de mutilar mi verdadero nombre de bautismo, Agapito Gómez de la Villa (consúltese hemeroteca). ¿Tal vez por eso nunca me propusieran para ningún cargo? Maldita sea.
Tenía razón Stendhal: “España, el último país con carácter”. Y tanto.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...