Luego de una vida dedicado al estudio del clima, convencido de que la causa prínceps del calentamiento terráqueo es la superpoblación (lo ideal hubiera sido entre quinientos y mil millones, y vamos camino de los diez mil), en 2.006 (de ahí el título), cuando ya contaba ochenta y tantos, al buen hombre se le ocurrió escribir lo que sigue: “Ahora que la Tierra está en peligro inminente de efectuar una transición a un estado cálido e inhóspito, parece inmoral extender ostentosamente nuestra vida más allá de su límite biológico normal, de unos cien años”. Con las mismas, me dispongo a averiguar si cumplió su ‘profecía’. Calla, hombre: tiene 102 años. “Lo que más castiga Dios es la lengua, hijo”, decía mi madre.
Estoy hablando del gran científico británico, James Lovelock, cuya obra cumbre sobre el particular, “La venganza de la Tierra”, me la acabo de embaular por tercera o cuarta vez, coincidiendo con la llamada COP26, que maldita la falta que hacía juntarse tantos miles de personas para no llegar a nada. Con lo fácil que habría sido seguir las enseñanzas de la biblia, o sea, el libro referido, donde está todo dicho.
Como en esto del clima hay mucha Greta Thunberg, histéricas y no, no crean que estoy hablando de un piernas cualquiera. Lovelock es un científico como la copa de un pino piñonero: meteorólogo, inventor, especialista en la química atmosférica, ambientalista, de to. Además de haber inventado el “detector de captura de electrones” (a la Wikipedia), es el autor de la hipótesis Gaia (diosa griega de la Tierra), que considera a nuestro planeta como un sistema ‘vivo’ autorregulable.
Total, que después de llevarte medio libro embebido en el capote, viene a decir que ya llegamos un poquito tarde. Que de seguir por ese camino, vamos abocados a la destrucción, entre otras, de las grandes fábricas productoras de oxígeno: ¿las selvas amazónicas?; qué va: las algas verdeazuladas que pueblan los mares (recuerdo el día que nos hablase de ellas, medio siglo ha, el gran profesor Rodríguez Villanueva, Salamanca), microorganismos que producen ellos solitos más oxígeno que varias selvas tropicales juntas. Y todo por culpa del celérico calentamiento del agua donde han vivido siempre tan ricamente.
Pero no crean ustedes que, a pesar de sus años, sir James se ha quedado cruzado de brazos. Qué va. Sabiendo que el ecologismo militante y beligerante lo iba a poner como un poleo, no conforme con el diagnóstico (dedicó veintitrés años a estudios médicos), se ha atrevido también con el tratamiento: ¡la energía nuclear! Pero con una diferencia sobre lo anterior: en lugar de las centrales mastodónticas al uso, para minimizar los posibles riesgos, que él considera ínfimos, aboga por la construcción de centrales pequeñitas, de bolsillo. No hay otra solución, dice: las renovables solas no son suficientes. A no ser que inventen estromatolitos gigantes (fijadores primigenios del CO2), o una ‘superclorofila’ (esto último es de mi cosecha).
Macron ya ha tomado nota: de las nucleares de bolsillo.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...