Alguien ha dicho (¿Pérez Reverte?) que Inglaterra sólo le ha ganado las guerras a España en el cine. Sea como fuere, desde el desastre de la “Armada Invencible” hacia acá (no cuenta para nada la corrida en pelo que les diese el glorioso almirante, Blas de Lezo, en Cartagena de Indias, que hasta la enciclopedia escolar apenas le dedicaba dos líneas), les iba diciendo que en el inconsciente colectivo español existe, cristalizado tiempo ha, un sentimiento de derrota permanente en relación con los hijos de la Gran…Bretaña, posiblemente con la inestimable colaboración de Felipe II, al que no se le ocurre otra cosa que inventarse una frase lapidaria para la ocasión, que, paradójicamente, lo único que consiguió fue contribuir con ello a que todo el mundo recuerde aquel desastre como una victoria de los ingleses: “Yo no he mandado a mis barcos a luchar contra los elementos”. Con lo de los ‘elementos’ el hombre quería referirse a una terrible tormenta que nuestra poderosa armada se encontró en el camino de las islas Británicas. (Aclaración: he escrito tormenta y no tempestad, preciosa y poderosa palabra, que es como se dijo de toda la vida, para estar con San Pablo y con el moderno periodismo: “O renovarse o morir”. En el moderno periodismo ya no existe la palabra tempestad, maldita sea: sólo existen las tormentas: ¡una tormenta de nieve!; la madre que los parió.) En resumidas cuentas: a ver quién es el guapo que borra de nuestras cabezas la derrota de la “Invencible”. Y la de Trafalgar, para rematar.
Por si no teníamos bastante con nuestro secular pesimismo bélico hispano-británico, enconado tenemos desde siglos el forúnculo de Gibraltar, que de vez en cuando descarga sobre nosotros su carga de pus. Menos mal que Franco, aquel señor tan malo que hubo, ahí nos echó una mano: “Gibraltar no vale la vida de un solo soldado español”. Lo cual que no puedo estar más de acuerdo con él, o sea, que con su pan se coman el forúnculo, qué asco.
Dicho todo lo anterior, mi visión del pueblo británico no es tan mala como pudiera pensarse: en absoluto, aunque sólo sea por Newton, la mente más prodigiosa que haya existido, con el permiso de don Alberto Einstein, claro. Un pueblo que cuida a sus grandes hombres de esa manera, merece todos los respetos, los míos sin ir más lejos. Los cuidan hasta tal punto, que no admiten ni una broma al respecto. Por eso me da miedo de la respuesta que puedan darnos por la ofensa que un gracioso acaba de hacerle a otro de sus hombres excepcionales: majestuosa la estatua que tiene en el corazón de Londres. Me estoy refiriendo, claro es, al insensato que ha ofendido alevosamente al hombre que los llevó a la victoria contra el nazismo, bajo la promesa de “sangre, sudor y lágrimas”: “el Churchil español” han llamado a Gabriel Rufián. Imposible mayor ofensa. Temiendo estoy el mínimo movimiento de los portaaviones de la Navy.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...