ARRASAR EL PARAÍSO
Agapito Gómez Villa
Maldita la hora en que se nos ocurrió a mi santa y a mí (juntos hasta la muerte, ay) acercarnos a la cola del pantano de Valdecañas, aquella mañana camino de Madrid. Maldita la hora, sí, porque de no haber visto, qué puñetas visto, contemplado el lugar, hoy estaría yo tan contento con la sentencia del Tribunal Supremo, que ha ordenado derruirlo todo: el resort de lujo (así dicen los periódicos), propiedad de cuatro señoritos de Madrid. Es que no hay cosa que nos haga más felices a los pobres que las desgracias de los ricos. Oiga, que usted de pobre ya no tiene nada. De acuerdo: me hice rico con la herencia de mis padres: dos exuberantes ‘pilistras’. Pero los que naciéramos pobres ‘sin solemnidad’, seguimos teniendo mentalidad de pobres toda la vida.
Les decía que maldita la hora, porque pude contemplar con mis propios ojos (no tenía otros) que los ricos de Madrid habían convertido el lugar en un pequeño paraíso, palabra que siempre me lleva a la enciclopedia escolar, pasaje precioso que se me quedaría grabado para la eternidad: el Paraíso Terrenal (cito de memoria) se cree que estuvo situado en Mesopotamia, que significa entre ríos: el Éufrates y el Tigris. Aquí tampoco habrían estado mal Adán y Eva, pensé, viendo lo que habían conseguido los ricos de Madrid, con su campo de golf y todo, que tan bien le habría venido a Caín y a Abel para matar los ratos libres, en lugar de dedicarse a discutir, que así acabaron. Menudo disgusto para sus padres.
Isla de Valdecañas: un pequeño paraíso digo. Y lo mantengo.
¿No será usted propietario de alguno de los chalets de lujo (así dicen los periódicos)? Calla, mujer. Vivo en la ciudad más agradable (y bonita) del mundo, y por si me faltase algo, tengo a mi pueblo a diez km. No sólo no soy propietario de nada en dicho lugar, sino que ni siquiera he jugado al golf en el campo donde tendrían que haber dirimido sus diferencias Caín y su hermano. Pero eso no quiere decir que uno no pueda dolerse de la brutal agresión que, por orden de un tribunal, se pretende perpetrar en tan bello paraje. Sí, ya sé que con la ley en la mano aquello fue una agresión ambiental, pero es que con la sentencia, la agresión que se va a producir es infinitamente mayor que la primera: coste económico aparte, inmenso, se trata de meter las máquinas arrasadoras en un lugar de grandísima hermosura. ¿Se imaginan las palas entrando en el Edén, una vez expulsados Adan y Eva? Horror. De aquí, de Valdecañas, no fueron expulsados nuestro primeros padres: fue expulsada una bandada de respetabilísimas grullas. Pues bien, comoquiera que la ciencia está en condiciones de averiguar cuáles son y dónde viven los descendientes de las citadas aves, se habla con ellos y se pacta una buena indemnización. Y aquí paz y después gloria. Pero, por favor, no me toquen un reducto del paraíso.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...