POR SI VUELVE EL NIÑO
Agapito Gómez Villa
“No nos vamos a cambiar de barrio. Por si vuelve el niño”. Lo dice la mujer de Umbral en “Anatomía de un Dandy”, formidable documental sobre la vida y obra de su genial y controvertido marido (el personaje se comió a la persona, tan falta de cariño, desde su ‘huérfana’ infancia). El niño ya llevaba algún tiempo en el cementerio, “minuciosamente destruido” por una leucemia, cuando contaba seis años. Pero la madre no quería cambiarse de barrio: por si el niño volviera.
Dios, qué alivio sentí. En adelante, me dije, no tendré que esforzarme tanto, ante la cara de estupefacción que ha puesto siempre el personal cada vez que he contado lo mío, a saber: recluidos que estábamos en otro lugar mi otro hermano y yo, mientras a mi hermanito muerto le daban cristiana sepultura, yo estaba absolutamente convencido de que cuando volviésemos a casa, lo habrían traído vivo del cementerio. Mi cabeza de once años se negaba a aceptar la realidad. Por entonces yo no sabía que un señor muy listo ya lo había dicho en francés: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Se llamaba Blas Pascal.
En efecto, cada vez que lo he contado, la gente ha puesto cara de asombro, y yo tenía que esforzarme enfáticamente para que me comprendieran: “Fijaros hasta qué punto me afectó la muerte de mi hermanito”. Hasta que un mal día vino en mi auxilio una madre atravesada por el dolor. Me lo contó entre sollozos: “Mire usted lo que me pasa. Antes de irme a la cama, todas la noches me asomo a la puerta y miro a la esquina a ver si viene mi hijo, y todas las noches lo veo en el suelo (el alcohol lo destrozó en plena juventud). Y cuando voy, mi hijo no está. Cómo va estar, si lo acabo de ver por la mañana en el cementerio. Pero es que no puedo cerrar la puerta sin ir a comprobarlo”. El corazón de la buena mujer también tenía razones que su cabeza no entendía, pero a ver quién era el guapo que le contaba lo de Pascal.
Ítem más: no conforme con contar lo de la señora que cada noche acudía a la esquina, tenía que buscar otros argumentos, si no tan dramáticos, al menos tan ´pascalianos´. El caso de un amigo, paradigma de la sensatez, que siempre se negó a aceptar la deficiencia de uno de sus hijos, algo que cualquiera veía a una legua de distancia. O el de otro, persona buena hasta la extenuación, que recurriendo a Sabina, se puso “un velo de del alquitrán en la mirada” para no ver el drama psiquiátrico de su hijo. Pascal por todas partes.
Ahora, ya digo, no tendré que esforzarme tanto. Empezaré hablando de la mujer de Umbral, una señora de la cabeza a los pies, de más credibilidad, dónde va a parar, que un niño de once años. Pero que no quería cambiarse de barrio. Por si volviera el niño. Del cementerio.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...