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ENSEÑAR AL QUE NO SABE

Aunque la ley ésa de la violencia de género poco menos que me convierte en delincuente por el sólo hecho de haber nacido hombre, no sólo no me doy por aludido, doña Irene, sino que voy a intentar ayudarla, que yo comprendo que no es posible estar en todo. En primer lugar, quiero decirle que mi concepto de la mujer no puede ser más elevado. No sé si sería por ‘desconocimiento’ al no haber tenido una hermana, lo cierto y verdad es que, desde chico, siempre me acerqué a las niñas con un respeto reverencial. Si a eso le añadimos que me crié con el desmesurado cariño de dos mujeres, mi madre y mi abuela Juliana, además del de mi padre, claro, creo que está casi todo dicho. Por cierto, se acaba de publicar un libro en el que se afirman dos cosas maravillosas: que los niños cuidados también por las abuelas son más felices y mejores personas, y que las abuelas que cuidan a sus nietos viven más años (pendiente queda la demostración con marcadores biológicos: serotonina, dopamina y oxitocina). He dicho “casi todo”, porque me falta decir que mi mujer era mi mejor mitad, que mi hija es la niña de mis ojos, y que mis nietas me quitan el sentío. Fíjese, señora ministra, si soy mujerista (la palabra feminista la tienen ustedes destrozada) que siempre me sentí incómodo cada vez que escuchaba a mi admirado Manolo Escobar cantar aquello tan célebre: “Viva el vino y las mujeres”, por muy “regalo del Señor” que sean. Semejante binomio me parecía una degradación intolerable de la mujer. Y no digamos el humillante trinomio: “A Manolo Caracol le gustaban las mujeres, los toros y el vino”. He ahí mis credenciales sobre el mundo femenino, doña Irene. Pero yo no he venido aquí a hablar de mi libro (entiéndame, soy umbraliano a tope), sino a ponerla al corriente de dos ‘sentencias’ que posiblemente usted no conozca y me temo que nadie de su entorno. Presiento que en este caso, y para su ministerio, viene al pelo aquello que dijese Azaña, verdadera “víbora con cataratas” (sólo hay que asomarse a sus vitriólicas memorias): “La mejor manera de mantener un secreto es guardarlo en un libro”. Y no digamos si dicho secreto se esconde en el libro sagrado de una de las grandes religiones que en el mundo son: de la Biblia hablo, sí. ¿Ha leído usted algo del Antiguo Testamento, doña Irene? Ya me lo suponía. Pues bien, en dicho libro se hacen dos afirmaciones que son de una intolerable ‘ofensividad’ (me reservo la opinión del señor que las escribió: no quiero pasar por el juzgado). Ambas están recogidas en el Eclesiástico. Agárrese al sillón, doña Irene. Una: “Toda maldad es poca comparada con la de la mujer” (Eclo, 25). Y dos: “Vale más la maldad de un hombre que la bondad de la mujer” (Eclo, 42). Espero de usted que actúe en consecuencia, señora ministra. Suyo afectísimo: un hombre.

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