A modo de introducción: como saben, no es mi estilo amargarle el domingo a nadie con temas desagradables, pero a veces no queda más remedio que mojarse. “Escribo de algo cuando el asunto me fecunda”, dijo Miguel Delibes, ese sabio. Pues eso. Así que, “perdón por la tristeza”, verso de Vallejo que canta, como nadie podría hacerlo, Joaquín Martínez, más conocido por Sabina, ese genio.
Cuenta Julián Marías, el hombre de más categoría moral que me he echado a la cara, dicho sea de paso, que, en los días previos al golpe de estado del 36, ante el tumulto formado en una calle de Madrid, una señora preguntó sobre el particular: “Uno que han matado”, dijo alguien. “Un falangista”. “Ah, bueno”, contestó la mujer. Dicho relato me recordó lo escuchado una mañana de mi adolescencia: “Anoche murió uno en la carretera de Salamanca” (cerca de mi pueblo). “Por lo visto, era un portugués”. ¿Que a dónde quiero ir a parar?
Varias decenas de jóvenes murieron hace cuatro días en el intento de asalto a la frontera de Melilla, y nada más enterrados (en fosas excavadas ad hoc), desaparecieron de los medios de comunicación (repasen los periódicos). ¿Porque eran subsaharianos? Me temo que sí. ¿Habrían sido borrados tan pronto, de haber sido español alguno de los muertos? No me lo creo. Y no digamos si el muerto hubiese sido periodista. Lo digo por lo mucho que duró la muerte de aquel desgraciado reportero español, José Couso, que perdiera la vida en la primera guerra del golfo pérsico, por disparo de un soldado americano, asomado que estaba a una ventana acristalada. Pero no sólo eso. Decenas de jóvenes muertos, que se dice pronto, se han esfumado de la actualidad no sólo porque eran ignotos ciudadanos subsaharianos (algún argelino), sino que, para más inri, las muertes fueron causadas, no digo que voluntariamente, por la actuación de los guardias marroquíes. Ni pensar quiero la que se habría montado si los ‘agresores’ hubiesen sido los guardias españoles. Con un solo muerto, lo más bonito que les hubieran dicho es asesinos. No sé cómo habrá tratado la prensa marroquí tan horrorosa tragedia, pero me lo estoy imaginando.
Posiblemente el grado más alto de la civilización sea el que los cuerpos de seguridad están para proteger la vida de los ciudadanos, no para quitársela, salvo casos absolutamente excepcionales, claro, sean o no nacionales los interfectos. Medítenlo despacio. Les invito para ello a que piensen que el muerto es su hijo o su hermano, o su nieto, un suponer. Díganme: ¿cuántos muertos ha provocado la guardia civil entre los asaltantes de las vallas de Ceuta y Melilla? Así, de entrada, no recuerdo ninguno. Más bien lo contrario: han salvado la vida a centenares y han atendido a miles de heridos. ¿Hay diferencia, verdad?
Acabando, que es gerundio: cuando los gravísimos sucesos de Barcelona, 2017, los independentistas hubieran dado la vida por un muerto. Y a punto estuvieron de conseguirlo. Entre los policías, aquellos héroes.
Enhorabuena, españoles.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...