EL CENTRO DE LA SED
Agapito Gómez Villa
La primera vez que tuve conocimiento de la existencia del ‘centro de la sed’, diminuta pero importantísima formación situada en la base del encéfalo, en el hipotálamo para más señas, fue en clase de fisiología. Me impresionó de verdad aquel experimento que, pasado medio siglo, recupero de un magnífico y didáctico libro, el Guyton: “La estimulación eléctrica de este centro con electrodos implantados, hace que un animal empiece a beber al cabo de pocos segundos y siga bebiendo hasta que se interrumpe la estimulación eléctrica”. No me digan que no es bonito.
No creo que haga falta decir que la sed es uno de los mecanismos fundamentales para la pervivencia de cualquier especie: sólo hay que ver las inmensas distancias que en las grandes sequías recorren en busca de agua, de barro más bien, los animales que salen en los documentales de La 2. Sin comer, se puede vivir un tiempo considerable; sin beber, los únicos que aguantan mucho son los camellos. Nuestra especie en concreto, no llega a una semana, ni mucho menos. ¿Que adónde quiero ir a parar? A algo que me tiene muy preocupado.
Estoy muy preocupado, sí, por el grave deterioro funcional que en muy escaso lapso evolutivo ha sufrido el ‘centro de la sed’ en los humanos. Presiento que, de seguir por esa derrota (camino, según el diccionario de la RAE), más pronto que tarde, nuestra especie acabará derrotada. O sea, que está en peligro nuestra supervivencia. Me di cuenta de tan gravísimo problema hace unos días, coincidiendo con el dramatismo que los medios imprimen a la ola de calor que estamos atravesando. Fue al leer en estas páginas una información y un informe que me llenaron de estupor verdadero. Decía el periódico: “El ‘asfixiante’ mapa que prevé la Aemet para la próxima semana en Extremadura”. Y a continuación enumeraba los consejos básicos para sobrellevar el calor, entre los cuales figuraba uno de extraordinaria trascendencia biológica: “bebe agua y líquidos con frecuencia, aunque no tengas sed”. ¡Ahí está!
Cuando yo era muchacho, en los días de calor extremo (la caló existe de toda la vida), los trabajadores del campo, en la siega primero y en la era después, no necesitaban que nadie, ni la radio siquiera, les tuviera que decir cómo combatir la sed. El ‘consejo’ venía de la noche de los tiempos. En efecto, cuando el centro hipotalámico les daba la señal (ellos no lo sabían), agarraban el barril y bebían hasta que el agua les escurría por la pechera. Y al momento continuaban segando, o trillando, como si tal cosa. A pleno sol, por supuesto; que entonces no se había inventado lo de segar o trillar a la sombra.
Que dónde radica mi preocupación. Muy sencillo. Desde hace algún tiempo venimos necesitando que nos digan cuándo tenemos que beber, razón inequívoca de que el ‘centro de la sed’ se nos está atrofiando. De ahí a la extinción hay sólo un paso. El que avisa no es traidor.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...