EL RABO
Agapito Gómez Villa
Cincuenta y dos años después, venturosamente, Morante cortó un rabo en La Maestranza. Y digo venturosamente, no por lo que tiene de triunfo, sino porque sería insoportable que el hecho aconteciese con más frecuencia. Vamos a ello.
“Las orejas tendrían que cortárselas al tío que se le ocurrió usar las del toro como trofeo”, venía yo diciendo tiempo ha (del rabo ni hablaba). Y mira tú por dónde, un buen día, en el magnífico libro de Antonio Burgos, “Curro Romero: la esencia”, me encuentro con que al genio no le gustaba nada que un animal tan bello fuese arrastrado hasta el desolladero sin las orejas. No digamos sin el rabo. O sin una pata, la que le dieran aquella vez en Jaén. Qué bonito, ¿verdad? He ahí la razón por la que Curro se deshacía inmediatamente de las orejas que le daban, pocas, afortunadamente: por eso y por las garrapatas.
Que lo sepan los taxidermistas/comentaristas de la cosa: se puede ser un artista excepcional sin cortar una oreja, como se puede ser un futbolista excepcional sin marcar un solo gol. Valían mucho más la “verónica y cuarto de Curro Romero” (Sabina) que todas las orejas de la temporada juntas, so primarios, que sois unos primarios (me refiero a los taxidermistas). ¿Que por qué os llamo primarios? Porque le dais una importancia desmedida a una oreja-trofeo sangrante y sembrada de garrapatas con frecuencia. ¿Acaso no hubiese sido más bonito una rama, dos ramas, tres ramas de olivo, un suponer? Con las amputaciones, no me extraña que le sigáis concediendo tantísima trascendencia al acto más desagradable de la tauromaquia: matar al toro. No me digáis que es agradable ver morir a un animal tan impresionante, por muy bien que le hinquen la espá a la primera. ¿Es que no os ha servido de nada que el creador de ‘momentos estéticos’ más grande de la historia del toreo no fuese habilidoso con la espada? Me coge, perdón, me pilla un poquito tarde, si no, me haría torero sólo para llevaros la contraria: la tarde que torease bien, procuraría matar mal. O no matar, tal que Curro aquella vez en Badajoz. Una pregunta: ¿la prodigiosa faena de Morante, lo habría sido menos si no hubiese clavado la espada a la primera y en su sitio?, ¿o si el toro hubiese necesitado media docena de descabellos? Mejor habría resultado: así no le hubiesen arrastrado hecho un adefesio amputado.
En fin, que luego de haber visto la faena veinte veces por lo menos, hay en la misma unos instantes que no me gustan demasiado: los que median entre la estocada, tan certera, y la muerte arrodillada del toro. Se trata de esos segundos en los que el torero, embriagado de arte, continúa ‘bailando’ ante la cara del animal moribundo, las entrañas desgarradas por la espada a cada paso. Desde Belmonte p’acá, la belleza del toreo es esencial, pero un poquito de respeto al toro agonizante, tampoco habría estado de más. ¿O no?
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...