INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Agapito Gómez Villa
No me pidan ustedes una definición precisa sobre la Inteligencia Artificial (IA), pero tal vez nos sirva para entendernos lo que viene a continuación: “Somos la última generación del homo sapiens más inteligente que sus propias máquinas”. El profesor Campillo -hay que leer “El universo en un bit”-, va más allá: somos los últimos representantes del homo sapiens sobre la faz de la Tierra. A partir de nosotros, el mundo será otra cosa. Como no podía ser de otra manera, hoy los avances acontecen en progresión geométrica, progresión que devendrá exponencial el día que adquiera todo su esplendor la computación cuántica: la mayor revolución de la historia de la humanidad, según los ‘expertos como Dios manda’ (es que los medios le llaman experto a cualquier mindundi). Para los no iniciados, les diré que los grandes centros de investigación mundiales, entre los que se encuentran, además de la NASA, casi todos los emporios económicos, procedentes en su mayoría del campo de las telecomunicaciones, tienen a los mejores cerebros, humanos y no humanos, dedicados a la investigación sobre tan transcendental materia.
Aunque el término, IA, vio la luz a mediados del siglo pasado, acuñado por John McCarthy, informático, Conferencia de Dartmouth, es en nuestros días cuando ha principiado su imparable despegue/despliegue, fruto, claro es, de la referida progresión geométrica. Ni que decir tiene que, para no variar, los hay que ven con pesadumbre e incertidumbre un mundo dominado por las máquinas, incertidumbre y pesadumbre de las que este particular no participa, que por algo uno es un optimista congénito (todo es congénito, incluso el optimismo). Por de pronto, el otro día vi en la tele a un joven español, ingeniero neurofisiólogo, cuyo trabajo consiste en la colocación intracerebral de un minúsculo dispositivo que, a no tardar mucho, resolverá los problemas de motilidad de tantos enfermos condenados a la postración. Eso para ir empezando. En resumidas cuentas, que de la IA me quedo con la inmensidad de cosas positivas que aportará, en todas las facetas de la existencia, y ni me fijo tan siquiera en las posibles vertientes ‘peligrosas’, consustanciales, por otra parte, a toda gran ‘ruptura’ científica, un suponer, la energía nuclear, milagrosa en muchos aspectos, pavorosa en otros.
Algunos lectores estarán pensando que mi entusiasmo por la IA es producto de la pasión que siento por los avances científicos, que las máquinas no pueden llegar a tanto. Pues bien, siendo innegable mi entusiasmo, les voy a contar una noticia que les va a sacar de dudas. Se trata de un encargo del gobierno español, a saber: el mundialmente prestigioso MIT, Instituto Tecnológico de Massachussetts, en su laboratorio para el desarrollo de la IA, ha conseguido algo que ningún cerebro humano había logrado atisbar, ni tan siquiera Perelman, el prodigioso matemático ruso que resolvió la “conjetura de Poincaré”. Atentos a la pantalla: han logrado desentrañar los inextricables discursos de dos relevantes mujeres, ministras ambas: doña María Jesús Montero y doña Yolanda Díaz.
¿Tengo o no tengo razón?
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...