HOMENAJE A UN GENIO
Agapito Gómez Villa
Esta semana, lo fácil habría sido escribir sobre la campaña electoral recién estrenada, o sea, de las mentes más relucientes de nuestra sociedad, los políticos, por los que siento una desmedida admiración: no es para menos, dada su extraordinaria categoría intelectiva e intelectual (no es lo mismo). En esas estábamos cuando el otro día me entero de que el más grande divulgador de las maravillas del universo mundo, acaba de cumplir 97 años. De David Attenborough hablo, ese señor de cabellos altos y blancos. Como comprenderán, entre escribir sobre los preclaros candidatos a cualquier cosa, o hacerlo sobre un genio irrepetible, inmarcesible (sólo nuestro Félix R. de la Fuente le habría hecho algo de sombra), es que no hay color. Vamos, digo yo.
Cuando se murió la reina de Inglaterra, del Reino Unido más bien, y la tuvieron varios meses recorriendo el país como un zascandil embalsamado, me dije para mí: si esto lo hacen con una persona que no ha hecho nada de provecho en toda su vida, absolutamente nada, salvo vestir el cargo (se nota que la monarquía no es lo mío, excepto Felipe VI), cuando se muera David Attenborough, habrá que pasearlo por medio mundo, qué menos. Aquí entre nosotros: es tanta la diferencia entre ambos personajes, a favor del científico, claro, que me resulta casi imposible aceptar que la una fuese reina y el otro súbdito.
Dijo el más listo de la clase, Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir la vida: una, como si nada es un milagro; la otra, como si todo es un milagro”. Pues bien, pareciera como si el joven David se hubiese enterado de la copla y se hubiese quedado con el cante, segunda parte, pues que desde muy temprano consagraría su vida a demostrar al género humano que el físico alemán tenía razón: todo en el mundo es milagroso: milagrosamente bello, o bellamente milagroso, como gusten, labor que siempre realizó con un entusiasmo sin precedentes. Cada vez que me echo a la cara cualquiera de sus obras maestras, todas, tengo que pellizcarme para asegurarme de que aquello es verdad, que aquello existe en el mismo planeta donde he tenido la fortuna de vivir. No hay rincón de la Tierra donde no haya puesto los pies, y en todos ha descubierto asombrosas maravillas, mayormente en lo referente a la vida en cualquiera de sus infinitas formas. Es más, numerosos seres que desde la noche de los tiempos andaban sin padre, llevan hoy su nobilísimo apellido (hay personas que ennoblecen todo lo que tocan). Planeta Verde: Mundos Subacuáticos, Mundos Desérticos, Mundos Helados, Mundos Humanos… Mundos y más Mundos.
Es el caso que, desde lo de la Armada Invencible y el “Yo no he mandado a mis barcos a luchar contra los elementos” de Felipe II (enciclopedia escolar), los ingleses nunca me cayeron bien. Pues bien, es tal la anglofilia que me produce la persona de DA, que no me importaría tener la doble nacionalidad. Bueno, por Newton también, y por Stephen Hawking. Y por Darwin. Y por alguno más.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...