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EL EMÉRITO HA VUELTO

EL EMÉRITO HA VUELTO Agapito Gómez Villa Escribió una vez Umbral que la mitad de la gente te odia, sin saber por qué, y la otra mitad te quiere por la misma sin-razón. Umbral, una vez más, daba en el clavo, pero no en los porcentajes (en su caso, es posible que fuese así, por provocador; tan necesitado de cariño que siempre estuvo, doy fe): hay gente a las que quiere todo el mundo (o casi) y los hay que les sucede todo lo contrario. Luego están, claro es, los que caen mal por alguna causa: por ejemplo, don Juan Carlos a mí, y no digamos doña Sofía, con esa máscara griega en forma de sonrisa permanente. A don Juan Carlos nunca lo pude tragar “ni con un cachito de pan” (sic), que le dijera a su médico la anciana que no sabía que los supositorios tenían otra vía de aplicación. Esa forma deslavazada de leer las cosas que le ponían por delante, me ponían de los nervios. Qué mínimo que un poquito de énfasis, o al menos de interés. Pues nada: todo seguido, sin puntos ni comas ni na de na. Y encima, con ésa pronunciación de no caberle la lengua en la boca. “A mí -como dice Sabina- que al Borbón le pierdan las faldas/ mire usted, chapeau”. O como escribe Vicent, que tampoco es manco: “Había una vez un rey de un país lejano que tenía una amante de piernas muy largas”. Pues bien, ni su deslavazada/desganada pronunciación, ni su irrefrenable propensión al rijo ante las faldas rubias, le habrían impedido ser un rey de leyenda: lo que le correspondía por haber sido el artífice de un acontecimiento milagroso, la transición, ésa que ahora quieren cargarse Pablo Iglesias et all: qué sabrán ellos “en su primitivismo”, que decía un profesor de Salamanca. En fin, que por la Santa Transición, que llamase Umbral, y que rima con reconciliación, habría sido suficiente para que don Emérito hubiese figurado en la historia con unas letras de oro así de gordas. Pero aquí viene lo malo, ay. Don Juan Carlos se dejó llevar por el feo afán que tienen algunos: ésos a los que les gusta más el dinero que a un chivo la leche. Hasta el punto de que en La Zarzuela, perdón, en Zarzuela, se encontró una máquina para contar billetes, no quiero yo decir que de procedencia suspecta, claro es. Con todo y con eso, lo peor estaba por llegar: las cuentas en Suiza y, asómbrense, las imperdonables, inconcebibles, inexplicables razones que le obligaron no sólo a abdicar, sino a exiliarse: las vergonzosas defraudaciones a hacienda. Dicho todo lo cual, tengo que decirles una cosa. Siguiendo con mi costumbre de tratar con amabilidad, respeto y cariño a las personas mayores, propongo que don Juan Carlos, como anciano que es, aprovechando que se encuentra ‘regateando’ en Galicia, se quede para siempre en España. No creo que haya mayor dolor que morir fuera de tu tierra. Y más si has sido el rey del lugar.

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