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QUE TE VOTE EL CHAPAPOTE

Bueno está el horno para bollos. Me refiero, claro es, al horno de la política. Como para andarse con bromas. El otro día, hablando de las excelentes playas gallegas, salió a relucir la palabra chapapote, que, contra lo que predijeran los catastrofistas del momento, no quedan ni restos y tal, y poco faltó para que dos llegaran a las manos. Fue cuando uno habló de la similitud entre el chapapote y el sobrenombre del ‘protagonista’ del pareado ése que tanto le gusta a Pedro Sánchez: el del angelito que le metió dos balas en la nuca a Miguel Ángel Blanco, ya me entienden. Para que ustedes vean el nivel de crispación al que se ha llegado, de cara a las votaciones de hoy. De eso precisamente quería hablarles, de los crispadores, que la crispación no llega sola, claro, ejemplo de lo cual fue el recuerdo del chapapote sin ir más lejos, con sus coros y danzas levógiros (no quiero escribir la palabra izquierda), llevados en autobuses desde toda España. ¿Qué culpa tiene un gobierno, del signo político que fuere, de que un barco extranjero, pura chatarra flotante, se rompa por la mitad y derrame en aguas gallegas miles de toneladas de petróleo? Venga, díganmelo. Es tal la aversión que me provocan los crispadores, que para ir empezando, ahí va mi maldición apostólica para todos ellos: malditos seáis por siempre, vosotros y vuestra descendencia (es que acabo de leer el libro bíblico, magnífico, de Juan Eslava). Con ganas me quedo de aplicarles lo del gran Mingote: “A los partidarios de la pena de muerte habría que fusilarlos a todos”. Es que no puedo soportar a los crispadores: es superior a mis fuerzas. Desde niño. Así era: cada vez que presenciaba una riña entre mayores (la pelea era cosa de las películas del oeste), me ponía a temblar. Y no digamos si veía brillar una navaja, como aquella vez que el amenazado fuese mi tío Vicente, uno de los hombres más buenos y pacíficos que conociera en mi vida, dicho sea de paso. Uno nació así de pusilánime, qué se le va a hacer. Abundando en el asunto. Zapatero “el Infinito”, no fue nunca santo de mi devoción, pero lo fue menos desde el día en que, al terminar una entrevista con Iñaki Gabilondo, como se le hubiese olvidado al técnico cerrar los micrófonos, se escuchó que el candidato decía (¡está en YouTube!): “Nos conviene que haya tensión. Yo voy a empezar este fin de semana a dramatizar un poco”. He ahí otro claro ejemplo de lo que digo: ¿qué diferencia hay entre tensionar, dramatizar y crispar? Ninguna. Desde entonces, el que nunca fuera santo de mi devoción, sin dejar de serlo, quedó hecho ciscos. Para la eternidad. Por impostor. Por farsante. Por crispador. En resumidas cuentas: no puedo soportar que, en aras de conservar/conseguir el poder, haya individuos que lleven su crispación a la ciudadanía, muy próxima a la cual está la violencia. En pie sigue mi maldición.

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