Hoy, lo más fácil hubiera sido hablar del tal Koldo y sus vergonzantes comisiones pandémicas. Y de su jefe, el tal Ábalos. Menudos puntos filipinos. Para explicar lo de hoy, bastaría hablar de lo de ayer, cuando ambos se presentaron de madrugada en el aeropuerto de Barajas a recibir a una señora que tenía prohibida la entrada en Europa, Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela a la sazón, cargada que venía con cuarenta maletas repletas de oro, incienso y mirra, y de cuyo paradero nunca más se supo. Manda huevos. Con eso habría bastado para que ambos hubiesen sido fulminados. Pero a lo que se ve, el par de pollos no son la excepción en lo que a la corrupción política respecta. No sólo en España, claro, pues que el mal parece universal: a Nixon lo echaron los jueces, los Kennedy eran una familia de ganster; Mitterrand era un golfo, a Chirac le esperaba un rosario de juicios, Sarkozy cumple condena; Bettino Craxi murió en el exilio, Berlusconi era un saco de corruptelas. Y así podríamos seguir hasta el aburrimiento, sin olvidar el último gobierno de Felipe González, que no había por dónde cogerlo (no hablo del GAL: todo el mundo tiene derecho a defenderse de los viles asesinos). En fin.
Lo de Koldo/Ábalos habría bastado para llenar este espacio, ya digo. Mas hete aquí que, aunque uno no sea creyente (según el catecismo, la fe es un don que da Dios y a mí me la quitó, Él sabrá por qué), nada más lejos de mi intención que hacer una crítica facilona de la mejor institución que ha dado el ser humano: la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Pero yo no puedo pasar por alto dos sucesos recientes, cada uno de los cuales merecería figurar con letras de oro en “El día de la bestia”, la hilarante película de Álex de la Iglesia, en la que un sacerdote con boina y sotana se dedica a hacer todo el mal posible para facilitar la llegada del Maligno. Uno: lo del cura de don Benito, detenido y puesto en libertad con cargos, por comerciar con sustancias prohibidas, llamémosle así, en colaboración con su ‘compañero’ de armas, encarcelado por lo mismo. Y dos: la detención de un sacerdote en Alicante por robar una silla de ruedas y ponerla a la venta en Wallapop. En verdad, en verdad, les digo que no sé cuál de las dos ‘secuencias’ es más cinematográfica.
Dicen los entendidos que para ser escritor basta con tener pupila y muñeca. Pues eso, que visto lo visto, los guionistas del cine no han inventado nada: se han limitado a poner el ‘cazo’. Sustituyan ustedes la maleta que el curita roba en la puerta de un hotel, por la silla de ruedas de un discapacitado, y tendrán una escena mucho más perversa, dónde va a parar. Lo del cura de don Benito no es para una escena. Lo del cura de don Benito da para una película entera. Lo del Koldo y el Ábalos, para una serie.
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...