Hay palabras que no tienen suerte. Quiero decir que resultan feas desde
el momento del nacimiento. Por ejemplo, la palabra zorra, en cualquiera de
sus acepciones. Por el contrario, hay vocablos que nacen de pie: la rosa, sin
ir más lejos. Alguien dirá que la rosa sería bella con cualquier nombre.
Hasta cierto punto. Cambien rosa por zorra y verán el resultado: “Feliz
cumpleaños, cariño. Mira que ramo de zorras tan bonito te traigo”. Seguro
que la esposa se las tira a la cabeza. Con toda la razón. Como ése,
interminables ejemplos. Cosas del lenguaje, divina maravilla de la creación
humana. Se trata de algo parecido a lo que dijo Cela, aquel genio: la belleza
está en el poema, no en la cosa. Oiga, que esto de la fealdad de ciertas
palabras no lo he inventado yo. Sin ir más lejos, Neruda y Alberti recogen
en sus memorias un ramillete de palabras horrísonas. Y otro de palabras
bellísimas. Para compensar.
Supongo que ya sabrán adónde quiero llegar. En efecto, “Zorra” es el
título de la canción que este año nos representará en Eurovisión.
“Nebulossa” se llama el grupo que la interpreta, perdón, la banda, precioso
nombre, por cierto: me refiero a “Nebulossa”, claro. Con semejante título,
va a ser muy difícil que me guste la canción, por muy bonita que sea la
música. Ni que decir tiene que no participo, en absoluto, de la polémica que
se ha montado entre los de siempre: sí, los que llevan todo al campo de las
ideologías. ¡Le ha gustado a Pedro Sánchez! No me extraña nada que el
otro día el gran Landero dijese que “estamos enfermos de política”. He ahí
otra muestra admirado Luis. Por cierto, eso que has dicho, que estamos
enfermos y tal, yo lo dije ‘prime’, un siglo ha por lo menos. Y aquí dejo la
“Zorra” eurovisiva, a la que tenía pensado dedicarle toda la columna. Pero
ustedes perdonen.
No soy yo muy partidario de detenerme en las tragedias, mas hete aquí
que el otro día, cuando leí en este periódico lo de la recién nacida hallada
muerta en la cinta del basurero de Mirabel, cordón umbilical aún colgando,
se me encendieron todas las alarmas del alma. Total, que no puedo pasar
por encima de un suceso semejante, siquiera sea por el dolor tan inmenso
que me provocan. Si me apena sobremanera contemplar al león (otro tanto
en los osos) que acaba de vencer al jefe de la manada, matando a toda la
descendencia engendrada por el vencido, con el fin de asegurarse el
dominio futuro de sus genes, imagínense lo que ha supuesto para mí la
muerte, presuntamente homicida, de una recién nacida de mi misma
especie. Me parece algo tan horrendo que soy incapaz de asumirlo, si no es
a la luz, oscuridad más bien, de una enfermiza sinrazón. En efecto, sólo una
persona en algún estado de locura es capaz de perpetrar tamaña felonía. No
tenido otra manera de entenderlo
“Perdón por la tristeza” (Cernuda).
Eso es precisamente lo que están investigando y difundiendo las muchachas de Igualdad, el ministerio de doña Irene Trans, perdón, Montero, las jóvenes científicas que trabajan en el LISMI (Laboratorio de Investigaciones Sexológicas del Ministerio de Igualdad), al frente del cual se encuentra una señora que se hace llamar Pam. El sexo cuántico, o sea (no confundir con el sexo tántrico, el de Sánchez Dragó). Que qué rayos es el sexo cuántico. Muy sencillo: el sexo llevado a sus últimas minuciosidades, un suponer, el sexo durante los días ‘enrojecidos’, así como la exploración de otros ‘agujeros negros’ de la galaxia femenina, etc. Que por qué el nombre de cuántico. Porque es lo más parecido a la llamada mecánica cuántica. O sea, el sexo de lo minutísimo. Me explico. Así como existe una parte de la física que se ocupa del macrocosmos, al que dedicó sus poderosas neuronas “el más grande”, Albert Einstein (“la más grande” es Rocío Jurado), con su asombrosa teoría de la relatividad, e...