El otro día, coincidiendo, qué casualidad, con la muerte a los 94 de Peter Higgs, el genio que en 1964 se sacó de la manga de las ecuaciones la partícula que lleva su nombre, el bosón de Higgs (su existencia fue demostrada varias décadas más tarde, como manda la estética de la física), sin la cual el mundo tal que lo conocemos no hubiera podido existir -la energía no hubiese podido convertirse en materia-, les decía que mientras Higgs moría con el premio Nobel puesto) el gran científico español, J.M. Sánchez Ron, de la RAE al tiempo, hizo unas declaraciones que me vinieron al pelo: “Es triste que la política cultural siga dirigida por personas con escasa cultura científica”. A tope con usted, profesor.
Es que a uno, con perdón, siempre le pareció una aberración que se considerase más culta a la persona de letras que a la versada en ciencias (Neruda nunca aprendió a dividir y se jactaba de ello). Digo que me vinieron al pelo porque, previamente, en más de una ocasión he tratado el asunto en estas páginas.
“Prefiero la peripecia vital de un hombre a toda una filosofía”, dijera alguien. Siguiendo esa máxima, fue a través de las autobiografías de un par de señores cómo pude aproximarme a dicha materia: Julián Marías y Salvador Pániker, los cuales (otra casualidad) tenían una cosa en común: ambos presumían de haber hecho el bachillerato de letras y de ciencias. Ni que decir tiene que aproveché la ocasión para maldecir al cretino que separó ambos mundos en el cuarto curso de aquel bachillerato.
En la siguiente ocasión, y sucesivas, amparado en la inmensa autoridad de uno de los más grandes científicos contemporáneos, Steven Hawking, me atreví a transcribir una frase impactante: “La filosofía ha muerto” (si lo digo de mi cosecha, me cuelgan). Ahora recuerdo que, con anterioridad, me había atrevido a ‘fusilar’ una de las declaraciones más ‘insolentes’ que hasta entonces me había llevado a la boca: “Aristóteles es el personaje más nefasto de la historia de la humanidad”. Lo dijo Beltran Russell, que así se las gastaba el aguerrido filósofo-matemático. Con más dulzura, el ‘santo’ de Carl Sagan, diría algo parecido: que Aristóteles se había cargado de un plumazo el “método científico”, pergeñado que fuera por los jonios, método que no volvería a aparecer hasta dos mil años después, cuando a Galileo le diera por dejar caer bolas de hierro desde la torre de Pisa (apócrifo, pero ‘cierto’), para demostrar que todos los cuerpos caen a la misma velocidad en el vacío, uniformemente acelerada, claro, en contra de lo que afirmase el filósofo griego: “Los cuerpos caen con velocidad ¡constante!, proporcional a su peso”. Qué vista de lince. Más tarde, el pobre hombre, para rectificar aquella barbaridad, se inventó esto otro: “los objetos adquieren velocidad a medida que van cayendo, porque están más contentos y, por lo tanto, se aceleran a medida que se acercan a su posición natural de reposo” (sic). Toma ya razonamiento científico.
Profesor Sánchez Ron: aquí tiene usted un amigo al que también le apasionan las letras.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...