Noche memorable, apoteósica, de infarto, la vivida el otro día: por los
madridistas, claro. Vaya por delante que yo me hice del Real Madrid a los
nueve años, un día en la escuela de mi pueblo, sin haber visto un partido de
fútbol en mi vida, y la razón fue muy sencilla: en Madrid vivían, bueno,
malvivían, cuatro de los siete hermanos de mi padre. La otra opción era el
Barcelona (el Atlético de Madrid no contaba), que era el equipo de los
seminaristas, una veintena, y por extensión de los monaguillos, compañeros
de aula. Total, que quién me iba a decir a mí que estaba eligiendo al que,
andando los siglos, sería el mejor equipo del mundo, gracias sean dadas al
Altísimo (el Madrid es como una religión).
El caso es que la otra noche, cuando el Manchester y el Madrid hacían el
solemne paseíllo de entrada en el terreno de juego, volví a contemplar un
detalle que no me gustó nada, lo que se dice nada. La actitud de los
jugadores hacia el niño que cada uno llevaba de la mano: igualito que si
llevaran una maleta con ruedas. Ni un gesto de afecto, ni una mirada, ni un
na. Vergonzoso. Los pobres niños tan contentos, tan emocionados, y el
ídolo a lo suyo: vista al frente, pendiente/consciente de que su imagen
estaba siendo vista en medio mundo.
Sí, ya sé que el asunto lo traté en estas páginas tiempo ha, pero es que no
puedo remediarlo. Los niños merecerían otro trato: una sonrisa, un gesto,
un algo. Pues nada. Hieratismo puro y duro. Comprendo que en esos
momentos los futbolistas vienen con la tensión/concentración de la arenga
del vestuario. Pero no estaría nada mal que alguien les diera un toquecito.
Un suponer, los comentaristas del evento, esos que dan un grito cada vez
que la pelota roza una de las áreas y que me obligan a silenciar el televisor
(OIGO música), para no escuchar la sarta de sandeces y frases hechas que
utilizan. ¿Sabían ustedes que los futbolistas ya no hablan con el árbitro?
¡Dialogan! ¿Sabían, asimismo, que los futbolistas ya no entran en el terrero
de juego? ¡Ingresan! El balón ya no sale. ¡Se marcha fuera! Es lo que dicen
los vocingleros, que se han dado maña de meter las cámaras en el vestuario
de los árbitros, cosa de extraordinario interés a lo que se ve (a este paso,
muy pronto las meterán en los urinarios: al tiempo), pero que carecen de la
mínima sensibilidad para ver que los pobres niños son absolutamente
ignorados por el figura de turno.
Alguien dirá que soy un poquito maniático. De eso nada: muy maniático.
Menos mal que tengo alguien por encima de mí que es mucho más duro
que yo con los vocingleros. Hablo del tío más inteligente, madridista y
culto que hay en los medios de comunicación, el tal Jiménez Losantos, que
cada dos por tres dice que mucho peor que los políticos, que ya es decir,
son los periodistas deportivos. Y tanto.
Lo del vicio que ha cogido Trump con las dictaduras comunistas de Hispanoamérica, todo el mundo lo tiene claro: se lo ha metido en la cabeza un muchacho listo y espabilado, Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, hijo de cubanos exiliados a la parte de Miami, que conoce el paño como nadie. Bien. Pero lo que poco personal sabe es a cuento de qué al marido de Melania se le ha metido Groenlandia entre ceja y ceja: “O por las buenas, o por las malas, tengo que conseguirla”, ha afirmado, con esa manera tan florentina que gasta. Por lo visto, lleva ya tiempo buscando la manera de contrarrestar/frenar el creciente dominio de rusos y chinos sobre el Círculo Ártico y aledaños. ¿Y si yo le dijese, amable lector, que la idea de hacerse el amo de isla tan extensa, tan helada y tan abandonada, le vino a la cabeza leyendo a Cervantes? Como me lo cuentan, se lo cuento. Por los tiempos de la Olimpiada de Barcelona, Melania vivió una temporada en Cerdañola del Vallés. Veintidós añitos t...
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